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Investigación científica y ética

“Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”. Así comienza la Metafísica de Aristóteles y podríamos decir que se expresa la inclinación natural que mueve la investigación científica. Esta búsqueda del saber, esta trabajosa y fascinante empresa individual y colectiva de conocer la verdad, presenta múltiples facetas en sus consideraciones éticas.

En efecto, junto con las diferencias que pueden surgir de las diversas ciencias, la misma investigación científica se compone de un complejo proceso que abarca: los objetivos del proyecto, la manera de financiamiento, las cuestiones vinculadas con el consentimiento de los pacientes (en el caso de personas humanas), los métodos de enrolamiento de pacientes, la validación de los resultados, los riesgos para los pacientes, los controles durante la investigación, la difusión de los resultados, los aspectos tecnológicos y clínicos en las fases de aplicación, el patentamiento y el aprovechamiento económico de ciertas investigaciones y la eventual generación de productos o fármacos para su comercialización. Todas estas etapas y partes de la investigación están atravesadas por complejas cuestiones éticas, que se vinculan con problemas tales como el conflicto de intereses, la desviación de los fines propiamente científicos por razones de interés o de poder o la afectación de los derechos fundamentales de la persona y su dignidad.

La preocupación ética en la investigación científica es una constante que surge con fuerza no sólo de la natural inclinación del hombre a realizar el bien y evitar el mal (primer principio que la ley ética señala a la razón práctica), sino de la conmoción provocada por la irrupción de nuevas capacidades tecnológicas, fundamentalmente las biotecnológicas, que han otorgado al hombre un nuevo e inédito poder sobre la vida biológica y que amenaza con someter al hombre al mismo hombre.

En este horizonte complejo, creo que tenemos que superar visiones restrictivas, que ven a la ética como un agregado extrínseco a la actividad científica, como si se tratara de solicitar la opinión de un comité. Creo que la ética está llamada a acompañar la lógica misma de la investigación, en la convicción que tal lógica reclama una reflexión sobre el sentido último del actuar científico. En efecto, la pregunta ética es la pregunta por la adecuación de la conducta humana, en este caso del investigador, por el bien integral de la persona, por el logro de la realización del ser humano en sus fines últimos, integralmente considerados.

Como dice Robert Spaemann:

“Los límites éticos puestos a la ciencia, no son, en realidad, límites al conocimiento, pero sí límites a la acción que indirectamente y de hecho sientan límites al deseo de conocer”1.

En este sentido, este autor ha acuñado una lúcida expresión: Ars longa, vita brevis, que se puede traducir como el arte perdura en el tiempo y la vida es corta. Con ello, quiere señalar la tensión que se produce entre el concepto moderno de ciencia, que tiende a acumular conocimientos a lo largo de la historia y que por tanto, trasciende al caso particular, y la vida breve de cada persona humana concreta, que necesita una respuesta aquí y ahora para su situación y que no se contenta con ser considerada como una “prueba” o “hito” en el largo camino del conocer científico. Ello nos interpela en el sentido de descubrir que la ansiedad por la investigación científica, especialmente cuando se realiza en vinculación con ámbitos clínicos, no puede disociarse, más aún debe subordinarse, al bien concreto de la persona que está delante.

Un problema ético de particular relevancia es el del conflicto de intereses. Al respecto, junto con el clásico conflicto de intereses que surge por la predeterminación de los resultados de una investigación en función de intereses de empresas o de grupos ideológicos, hay que llamar la atención sobre el conflicto de intereses que se puede producir en el mismo investigador en relación a la intención de corroborar sus propias hipótesis. Una gran altura moral e intelectual es necesaria para saber reconocer que alguna de las propias investigaciones no ha resultado como se esperaba.

Otra nota ética relevante para la investigación científica es la necesidad de una concepción antropológica integral, que descubra las múltiples dimensiones presentes en la persona humana, como unidad bio-psico-espiritual. La complejidad del ser humano nos impide reducirlo a sus funciones biológicas, o a sus pasiones o impulsos, y descubrir la eminente dignidad que resplandece en la inteligencia, en la libertad y, sobre todo, en la vocación a amar y ser amado. Esta dimensión del amor, vital para la experiencia personal, supone también la apertura al amor creador, al amor del que todo procede, al amor que está en el origen de las cosas y que da sentido a todas las cosas.

La investigación científica busca la verdad y la verdad, en última instancia, refiere al Ser y por tanto a la pregunta por Dios. Por ello, la investigación no debe cerrarse a esta última cuestión, no debe encerrarse en los estrechos límites de la inmanencia para no comprometer su propia veracidad. En efecto, llama la atención que, al mismo tiempo que la ciencia en nuestros días tiene clara conciencia de sus límites y del carácter hipotético y provisional de muchos de sus resultados, niegue a la razón esa apertura a la trascendencia, que, justamente por ser tal, le ofrece un horizonte nuevo y real, definitivamente real, para poder asentar con más solidez sus propias investigaciones.

Dado que este Congreso se realiza en el ámbito de la Pontificia Universidad Católica Argentina, quisiera hacer una breve referencia al tema de la fe y la investigación científica. A menudo se sostiene que la fe, y más concretamente la fe católica, se oponen a la investigación científica. Nada más alejado de la realidad, como lo demuestra la historia de la ciencia, jalonada por múltiples investigadores que tenían en la fe cristiana el motor que los impulsaba a conocer. Este interés de la Iglesia Católica por la tarea científica ha tenido, en el siglo XX, una renovada formulación en el Concilio Vaticano II, particularmente en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, donde se reconoce la autonomía de las realidades temporales: “las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco” (n. 36). Esta autonomía supone un amplio campo para la acción de los hombres en la búsqueda de la verdad, abierta a la trascendencia:

“por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios” (GS n. 36).

Ahora bien, junto con esta autonomía de las realidades temporales, es preciso también reconocer que la razón está amenazada por el interés y el poder y que aquí la Iglesia señala que la fe actúa como “fuerza purificadora” que ayuda a la razón a realizar mejor su cometido (cfr. Benedicto XVI, Deus Caritas est, 28):

“la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente… Sin duda, la naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo, un encuentro que nos abre nuevos horizontes mucho más allá del ámbito propio de la razón. Pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio” (DCE, 28).

En la investigación científica se juega el destino de la persona humana y la sociedad. Por eso, el investigador debe reconocer que su obrar necesita orientarse hacia el bien de la persona, reconocida en su eminente dignidad y respetada en sus derechos fundamentales, en su naturaleza social y abierta a la trascendencia.

1 SPAEMANN, ROBERT, “Ars longa, vita brevis”, en PONTIFICIA ACADEMIA PRO VITA, Ethics of biomedical research in a christian vision. Proceedings of the Ninth Assembly of the Pontifical Academy for Life (Vatican City, 24-26 February 2003), VIAL CORREAA, JUAN DE DIOS – SGRECCIA, ELIO (Ed.), Librería Editrice Vaticana, Vaticano, 2004, p. 166.

Texto del Dr. Nicolás Lafferriere
Intervención en la XII Reunión Nacional y I Encuentro Internacional de la
Asociación Argentina de Ciencias del Comportamiento
Buenos Aires, 27, 28 y 29 de agosto de 2009

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