La comunidad humana en la era tecnológica

Asistimos a una explosión biotecnológica sin precedentes, descubrimientos y aplicaciones tecnológicas modifican día a día la realidad de la población mundial, en su entorno, en sus costumbres e incluso, en su propio cuerpo. No resulta extraño informarse en la prensa sobre manipulación genética, inteligencia artificial, Big Data, robótica y tópicos afines que hasta hace poco tiempo hubieran engrosado el sector de ciencia ficción de cualquier librería. Se trata de un fenómeno global que aunque parezca un tanto ajeno y lejano a la realidad nacional, también exige nuestra atención en Argentina.

Ciertamente, la sociedad tecnocrática -resultante de un imponente desarrollo bio-tecnológico y un contexto en el que la humanidad es concebida como material disponible- se asienta en todo el planeta e impacta también en nuestras vidas y moviliza las bases mismas sobre las que se apoyan nuestras relaciones sociales, favoreciendo el debilitamiento de los lazos familiares y la descomposición del tejido social. El escenario descripto habilita al individualismo en su máxima expresión y a una total indiferencia por la dimensión comunitaria, potenciando una hostilidad inaudita contra todos, hombres, mujeres, niños y ancianos.

El impacto globalizado de las tecnologías emergentes, de hecho, parece poner en evidencia la fragilidad del sistema internacional de Derechos Humanos y de las normas con pretensión de universalidad que lo componen, en tanto no permiten garantizar la protección de la dignidad humana en gran parte del planeta. Pero ello no supone, desde ya, que debamos abandonar el intento de regular tales tecnologías, sino más bien todo lo contrario: es necesario plantear una ética (una bio-ética) global y para ello, luce primordial anclar en una noción que trascienda fronteras y permita fundar regulaciones con eficacia planetaria.

Ahora bien, para que tal regulación sea posible y se sienten las bases para que opere el profundo cambio que anhelamos en nuestra sociedad, debemos reconocer el valor individual de cada miembro de la familia humana y, consecuentemente, recuperar el sentido comunitario. Sólo en el contexto de una auténtica comunidad humana podrán evidenciarse las relaciones de justicia y equidad que deseamos.

La comunidad humana es inclusiva, ningún accidente justifica la exclusión de un miembro, ni sus convicciones religiosas, ni sus posiciones ideológicas, ni las características genéticas, ni la presencia de alguna patología, ni la edad gestacional. Todos son idénticos en dignidad.

La comunidad humana es equitativa, pues en la medida en que todos sus integrantes son reconocidos como un fin en sí mismo y no como un medio descartable, no hay lugar para la insalvable brecha que hoy se ensancha entre los que no alcanzan a cubrir necesidades esenciales y los que disfrutan de bienes de lujo.

Todo ello supone, eso sí, que superemos la superficialidad que hoy caracteriza a gran parte de la política y de las relaciones humanas. A modo de ejemplo, vale aludir a uno de los temas salientes del año 2018, la discusión en torno a la liberalización del aborto. En esta oportunidad sólo se hará foco en lo que queda de esa discusión: el uso de pañuelos y decenas de proyectos de ley para la protección de la maternidad vulnerable que no han sido tratados por los legisladores.

El uso de distintivos que reflejan nuestros gustos, convicciones o filiación política no es nuevo ni es en sí mismo condenable. No dice demasiado que algunos vistan pañuelos verdes y otros celestes. Ahora, ¿Qué impacto produce en nuestro entorno el uso de un pañuelo? No es arriesgado afirmar que para la mujer vulnerable, violentada en su ámbito familiar, cursando un embarazo probablemente involuntario, sin recursos económicos y con algún padecimiento en su salud, que otros usen pañuelos no le ofrece ninguna solución concreta.

Esa mujer necesita una batería de políticas públicas urgentes y de largo aliento, que la tornen “visible” y que la contengan, y esas políticas no aparecerán ni se cumplirán a menos que la dirigencia les de tratamiento en el ámbito legislativo y ocupen un lugar prioritario en el plano de la gestión.

La emergencia de atender a la problemática de la maternidad vulnerable, por ejemplo, no permite distracciones y exige que evitemos embarcarnos en contiendas inconducentes, en “luchas contra antagonismos interminables”. El camino hacia la construcción de una sociedad más justa supone el reconocimiento del otro como un semejante y la consolidación de una auténtica comunidad de iguales. En ésta, la lógica de lo insustancial cederá ante el resurgimiento de la Política del servicio y dará lugar al planteo de las políticas públicas necesarias, desprovistas de las lecturas superficiales de la coyuntura y eficaces para finalmente atender los problemas estructurales que la dirigencia no ha resuelto desde hace décadas.

Hace falta que referentes mediáticos, dirigentes políticos y ciudadanos superemos la mera manifestación estética de nuestras posiciones y que éstas se expresen concretamente en los hechos. No alcanza con declamar que la problemática de la maternidad vulnerable es una urgencia: hay que legislar en consecuencia, trazar las políticas de corto, mediano y largo plazo pertinentes, salir de nuestra zona de confort y comprometernos todos con la vida y los derechos de los que se encuentran más expuestos.

Las respuestas para las problemáticas de alcance globalizado que plantea la tecnocracia mundial están al alcance de la mano y distan de ser meras construcciones discursivas. Para su concreción debemos comenzar a caminar en el sentido de la concordia, en vez de ensañarnos en la destrucción, debemos prescindir de toda forma de violencia, en vez de legitimar algunas como un medio para la concreción de determinados fines, debemos instruirnos seriamente, en vez de formar nuestra opinión a través de medios de comunicación que sólo amplifican lecturas ideológicas ajenas a nuestra tradición nacional y federal.

¿Estamos preparados como sociedad para afrontar los desafíos ético-jurídicos de la era tecnológica? ¿Estamos haciendo lo suficiente para fortalecer los vínculos familiares y sociales y así construir una comunidad humana donde convivan pacíficamente los desarrollos tecnológicos y el bien de la humanidad?

Columna de Leonardo Pucheta