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Regular la inteligencia artificial: triple reivindicación

Re-descubriendo la ética

La ética parece estar de moda. Asistimos a un reclamo uniforme de reglas de contenido ético para enfrentar los riesgos de la inteligencia artificial. No creemos que la demanda moral aludida represente un cambio consciente en nuestras sociedades, al menos no en el sentido del reconocimiento generalizado del carácter objetivo de las normas morales. No hemos dejado detrás el contexto de relativismo moral que nos ha conducido a la radicalización de posiciones individualistas y al debilitamiento del tejido social, caldo de cultivo ideal para la proliferación de postulados tecnocráticos.

Sin embargo, la toma de conciencia de los alcances de las tecnologías emergentes y convergentes a nivel de los individuos y a nivel social, parece estar funcionando como catalizador ético.  

Independientemente de sus causas y alcances, el fenómeno brevemente comentado podría poner de manifiesto un movimiento no despreciable, el que podría reflejar una triple reivindicación: Del rol del derecho como cauce de la conducta humana, del contenido moral de la norma jurídica y del bien común.

Reivindicación del derecho

Frente a la IA están quienes tienden a la desregulación, asociando la propuesta de normas un freno para el desarrollo tecnológico. En el extremo opuesto, quienes plantean la necesidad de esquemas prohibitivos y, en el medio, quienes sugieren el establecimiento de regulaciones para conducir dicho desarrollo de un modo consistente con los bienes humanos en juego.

Por nuestra parte, creemos que no regular el uso de la IA no resulta indiferente en términos prácticos. La ausencia de previsiones específicas que atiendan a las particularidades de este tipo de tecnologías podría impactar en perjuicio de la ciudadanía, librando el desarrollo tecnológico a una mecánica economicista basada en lógicas de mercado, sin integrar consideraciones de orden ético y social. Esta posición, que podríamos llamar de “des-regulación utilitarista” podría ceder ante una regulación equilibrada, que permita el desarrollo de la IA y lo encamine al bien de la humanidad.

Regular no es necesariamente sinónimo de restringir, ni de intervención estatal. El establecimiento de normas que conduzcan la conducta humana, consignando las que resultan lícitas y las que son ilícitas, implica tanto la prohibición de conductas como la promoción de otras y, por la “ancha avenida del centro”, la aceptación de las que resultan indiferentes en términos jurídicos.

Para ello, sostuvimos que debe superarse la sensación de estupor inicial frente a la potencia de las herramientas de IA[1] y establecer pautas concretas, no una mera repetición de previsiones generales que podrían resultar redundantes. En este sentido, luce interesante explorar la utilidad de los principios generales con previsiones concretas en materia de confidencialidad, privacidad, autonomía, identidad, seguridad, etc.

Como síntesis, detrás del pedido de regulación de la IA subyace un reconocimiento de la conveniencia de abordar jurídicamente las problemáticas humanas de la actualidad, evitando duplicaciones y dispersión normativa y avanzando sobre los vacíos que pudieran generar daños a la persona humana.

Reivindicación de la relación derecho-moral

Entender que las reglas morales son necesarias para establecer relaciones sociales justas, especialmente a partir de la consideración de los riesgos asociados a las tecnologías emergentes y convergentes, es una afirmación lógica que parece estar recobrando vigor.  

Resulta interesante como fenómeno, pues pocos años atrás, en ocasión de aprobarse la liberalización del aborto en nuestro país -por ejemplo- triunfó parlamentariamente una visión diferente. En aquel entonces muchos de los que lograron liberalizar las prácticas abortivas afirmaban que la norma jurídica no debía reflejar un contenido moral específico, asociando “lo moral” a visiones particulares de impronta eminentemente religiosa. Lo afirmado resultaba contradictorio (pues la promoción del aborto también expresa una posición moral) y poco coherente (ya que sin un contenido axiológico pierde sentido toda prescripción normativa), sin embargo, tal fue la posición dominante en sentido cuantitativo en el ámbito legislativo.

Hoy, en cambio, se requiere explícitamente que las normas sobre la IA tengan un contenido moral, lo que luce razonable y auspicioso.

Reivindicación del bien común

De un modo muy especial a partir de la pandemia de COVID-19 comenzó a replicarse en diversos ámbitos la afirmación que el Papa Francisco pronunció en ocasión el Encuentro de Oración por la Paz promovido por la Comunidad de San Egidio el 20 de octubre de 2020[2], en línea con la Encíclica Fratelli Tutti (Nro. 32): “Recordamos que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos”[3] [el énfasis nos pertenece].

Encontrarnos vulnerables y dependientes para nuestra supervivencia y para nuestro desarrollo integral permitió el planteo de una visión menos individualista de la existencia. Naturalmente, se trata de un movimiento histórico, por lo que debe aún profundizarse muy drásticamente para evidenciar cambios concretos en nuestros entornos. Sin embargo, que la dimensión colectiva de nuestra existencia comenzara a mencionarse públicamente pareciera dar cuenta de un reverdecer de un sentido de pertenencia saludable.

Frente a la IA, que plantea desafíos ciertos para la humanidad en su conjunto, percibimos que la propuesta de reglamentaciones de tipo regional y/o global se puede relacionar al principio de universalidad de los derechos humanos en sentido estricto. Ante problemáticas de alcance global, es lógico la evaluación de normas de alcance global, así como ante tópicos de incidencia colectiva (que trascienden la esfera de la individualidad) sea necesario regulaciones tendientes a preservar el bien común.

Un espacio en disputa

Así como la reaparición de la ética en el discurso público no se corresponde necesariamente con la recuperación de una posición metafísica, ni de una maduración filosófica o antropológica generalizada, la aspiración de globalidad que aparece como respuesta a problemáticas de incidencia planetaria (pandemia e IA, por ejemplo) tampoco refleja una posición iusnaturalista per se.

A pesar de ello, creemos que en un mundo que reclama reflexión y síntesis ética, valores y normas jurídicas eficaces para hacer frente a la ola imparable de la IA, quienes adherimos al ius naturalismo tenemos una oportunidad de trazar puentes que acorten distancia entre la cultura y la sustancia que tenemos para ofrecer.

La era digital y de la irrupción de las tecnologías emergentes y convergentes puede representar, paradójicamente, una oportunidad para revitalizar la propuesta del derecho natural y plantear soluciones para la coyuntura consistentes con la naturaleza humana.

Nota de Leonardo Pucheta


[1] Leonardo Pucheta, Inteligencia Artificial y Derecho: Anticipación y prescripción. Una propuesta superadora del miedo, Centro de Bioética, Persona y Familia. Disponible en línea en: https://centrodebioetica.org/inteligencia-artificial-y-derecho-anticipacion-y-prescripcion-una-propuesta-superadora-del-miedo/ [Último acceso el 6 de marzo de 2025].

[2] Disponible en línea en https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/10/20/nadie.html [Último acceso el 6 de marzo de 2025].

[3] Disponible en línea en https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html [Último acceso el 6 de marzo de 2025].