COVID-19: una aproximación desde la bioética

Diariamente nos informamos respecto de las novedades relativas a la pandemia de enfermedad por coronavirus (COVID-19), de modo que poco podrá agregarse en términos estadísticos o epidemiológicos en esta oportunidad. De allí que el objeto de este breve boletín sea poner el foco en posibles aristas a abordarse desde la perspectiva bioética.

Autonomía vs. Orden Público

La emergencia sanitaria generada por el COVID-19 reaviva las discusiones en torno al alcance de la autonomía del paciente y posibles tensiones con normas de orden público, vale decir, aquellas excluidas del ámbito de la autonomía personal y asociada a valores de incidencia colectiva.

En ese contexto, con el objetivo de evitar la propagación del virus y favorecer la integridad física y la vida de las personas, algunos países han limitado la circulación de la ciudadanía, incluso llegando al cierre de las fronteras, a la cancelación del transporte de pasajeros y de la emisión de visas. En Argentina, entre otras medidas, recientemente el Poder Ejectuvo Nacional (PEN) dispuso a través del Decreto de Necesidad y Urgencia Nº 297/2020 el aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Así las cosas, la salvaguarda de la vida y la salud de la ciudadanía parece oponerse a la libertad de circulación, dando cuenta de un límite de una autonomía que en otros ámbitos de análisis bioético parece ganar terreno a gran velocidad.

Encontramos en las medidas propuestas una lectura superadora de las tensiones entre disposiciones de orden público y la autonomía del paciente/ ciudadano planteadas en la bibliografía especializada, así como una valoración razonable del derecho a la vida y a la integridad física como límites de la autonomía personal. Al mismo tiempo, la conducta responsable de la ciudadanía en su conjunto, exigida para el éxito de las medidas sanitarias de emergencia dispuestas, refleja la dimensión individual y comunitaria del ejercicio de la autonomía personal en materia sanitaria.

El individuo y la comunidad

Al hacer patentes los posibles efectos individuales y colectivos de las decisiones personales en materia de salud parece haberse contribuido al acatamiento de las disposiciones en cuestión y a la toma de conciencia del valor y la vulnerabilidad de cada miembro de la sociedad.

Lo dicho parece expresar una dimensión comunitaria de las decisiones que cada individuo puede tomar respecto de su salud, dimensión presente en cada uno de los dilemas abordados desde la bioética pero especialmente relevante en los generados por las tecnologías emergentes y convergentes, los que implican también repercusiones en otros individuos, en las generaciones futuras y en el medio ambiente.

En este sentido, el COVID-19 nos permite reflexionar nuevamente en torno a la dignidad y a la vulnerabilidad humana, tanto en su faz individual como colectiva, es decir, como atributos de la persona humana particular y como rasgo de la humanidad en su conjunto.

El COVID desde el lente personalista

Las políticas públicas dispuestas en respuesta a la problemática del COVID parecen haber sido recibidas pacíficamente por especialistas y la población en general y con agrado en todo el arco político, situación de consenso poco habitual.

Ahora bien, analizando los valores subyacentes en tales medidas, alineadas con las implementadas en gran parte del planeta, encontramos una estrecha vinculación con los principios postulados por el Personalismo ontológicamente fundado. Nos referimos específicamente a los principios de defensa de la vida física, de libertad y responsabilidad y de sociabilidad y subsidiariedad.

El primero de ellos, el de defensa de la vida física, es una expresión del precepto moral de inviolabilidad de la vida humana, también consagrado jurídicamente en instrumentos de Derechos Humanos y en nuestro derecho interno. Además, tal como enseñaba Sgreccia, vida y salud son dos valores íntimamente asociados, ya que “en el ámbito de la promoción de la vida humana se inscribe el tema de la defensa de la salud del hombre [y] la obligación moral de defender y promover la salud para todos los seres humanos en proporción a sus necesidades”[1].

El reconocimiento de la centralidad de este principio es fundamental, ya que a partir del valor vida es posible reconocer el valor fundamental de la persona misma en su dimensión corpórea-espiritual, especialmente relevante en el contexto contemporáneo, en el que peligrosas alternativas biotecnológicas se sustentan en lecturas antropológicas monistas que asocian lo humano al cuerpo y a sus funciones o, en sentido radicalmente opuesto, en una antropología dualista radicalizada que reduce la persona al pensamiento o a la conciencia. En ambos casos se olvida un co-principio esencial de la naturaleza humana.

Por otro lado, el foco en términos de comunicación fue puesto en la necesidad de colaboración resonsable de todos los actores de la sociedad, expresada sintéticamente en el slogan “al coronoavrius los frenamos entre todos” y en la consigna #SomosResponsables[2].

En este caso, las medidas específicas de aislamiento, así como la cancelación de eventos deportivos o culturales, en la limitación de acceso a comercios, por ejemplo, no sólo impactan en la limitación de la libertad de circulación, sino también en la libertad comercial y de asociación. Por analogía cabría aludir a la “alianza terapéutica”, en la que el paciente tiene la obligación de contribuir con los profesionales tratantes “en los cuidados ordinarios y necesarios para la salvaguarda de la vida y la salud propia y ajena”[3].

Para el éxito de una medida de salud pública con incidencia en el bienestar individual y social, a nivel local y planetario, la responsabilidad del ciudadano/ paciente ciertamente es otro elemento esencial.

Por último, el principio de sociabilidad y subsidiaridad supone que cada persona debe participar en la realización del bien de sus semejantes y, en el caso de la tutela  de la vida y de la salud, “implica que todo ciudadano se comprometa en considerar su propia vida y la de los demás como un bien no sólo personal, sino también social, y compromete a la comunidad a promover la vida y la salud de todos y cada uno, a fomentar el bien común promoviendo el bien de todos y cada uno”[4].

Otro aspecto del nuevo escenario que estamos transitando en torno al cual se ha expresado cierto consenso es la relevancia de los sistemas públicos de salud, cuestión que también se encuentra vinculada al principio de sociabilidad y subsidiaridad, al turno que expresa los méritos de la socialización de la medicina como política pública. Se trata, como destaca Sgreccia, de un modelo de organización sanitaria que posee riesgos específicos[5] pero difiere de las propuestas liberales y colectivista y que persigue proporcionar “a todos, en igual medida, los medios gratuitos de curación y asistencia sanitaria, promoviendo al mismo tiempo el respeto a la libertad de los cuidadanos y su participación activa”.

Por todo lo dicho, entendemos que las medidas adoptadas son consistentes desde una lectura personalista, ya que parecen expresar afinidad con el lugar preeminente del principio de denfesa de la vida física, explicitando que “antes que el derecho a la libertad está el derecho a la defensa de la vida”[6]. Luego, se apoyan en el compromiso responsable de cada ciudadano y en la consideración de la vida y la salud como valores personales y colectivos, resaltando su contribución al bien común. 

Un fenómeno global

La pandemia de COVID-19 declarada por la OMS expresa su carácter planetario, aspecto que permite poner en evidencia, una vez más, de la globalidad de muchas de las cuestiones que aborda la Bioética y, en definitiva, el estadio de globalidad que en la actualidad se encuentra transitando la esta disciplina.

Fenómenos de alcance global, especialmente en un contexto de tránsito e interconectividad exacerbadas, exigen respuestas globales y la reflexión bioética es quizás el ámbito en el que más se explicita la necesidad de establecer pautas de conducta uniformes para el respecto de la dignidad humana y los derechos fundamentales. En línea con ello, cabría asignar al acuerdo que parece expresarse entre especialistas y autoridades públicas en gran parte del planeta algún valor en la discusión en torno a la viabilidad de establecer reglamentaciones universales para determinadas problemáticas.

Ideas de cierre

En tiempos de cuarentena las enseñanzas del Papa Francisco recobran vigencia, “porque una cosa es sentirse obligados a vivir juntos, y otra muy diferente es apreciar la riqueza y la belleza de las semillas de la vida en común que hay que buscar y cultivar juntos. Una cosa es resignarse a concebir la vida como una lucha contra antagonismos interminables, y otra cosa muy distinta es reconocer la familia humana como signo de la vitalidad de Dios Padre y promesa de un destino común para la redención de todo el amor que, ya desde ahora, la mantiene viva”[7].


[1] SGRECCIA, Elio (2007), Manual de Bioética: Fundamentos y ética biomédica. Madrid,  Biblioteca de Autores Cristianos. P. 220. Tomo I.

[2] https://www.lanacion.com.ar/sociedad/somosresponsables-campana-unifico-medios-coronavirus-es-tendencia-nid2345245

[3] Sgreccia. Op. Cit. P. 222.

[4] Sgreccia. Op. Cit. P. 226.

[5] Refiere al centralismo burocráctico, exceso de gastos, nivelación del estándar asistencial y a la politización de las entidades que dirigen la organización sanitaria.

[6] Sgreccia. Op. Cit. P. 222.

[7] Carta del Santo Padre Francisco al Presidente de la Pontificia Academia para la Vida con ocasión del XXV aniversario de su institución. Humana communitas, Nº 6. Disponible en línea en http://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190106_lettera-accademia-vita.html [último acceso el 21 de marzo de 2020].