Eutanasia: anti-política y pose existencial

La pandemia del covid ha signado un antes y un después en muchas personas, sobre todo en aquellas que han perdido a un ser querido. Fue un suceso disruptivo en muchos sentidos. Sin embargo, sorpresiva pero también esperadamente, no ha generado un cambio de consciencia significativo respecto de cuál es el rumbo de la humanidad en el siglo que corre. En la Argentina, incluso pareciera que el número de muertes no ha servido siquiera para poner de manifiesto el valor de la vida misma. Más aún, se avanzó con la legalización del aborto, y ahora las dos principales fuerzas políticas del país buscan imponer una ley que regule la eutanasia. Tristemente el virus del covid parece haber sido superado por otro más letal, el de la deshumanización cultural.

¿Cuál es, entonces, la mentalidad subyacente y el estado del orbe que dan lugar a una iniciativa como la legalización de la eutanasia?

El mundo lleva un ritmo frenético. Contra-ser. Inhumano. El “progreso” dejó atrás al Hombre. Como sustituto entronizó la subversión del homo sapiens. La Verdad, la sabiduría, lo espiritual y la trascendencia fueron abolidos del ciclo vital humano. Un relativismo atomizador, como barrera cognitiva, se ha interpuesto entre la historia, el quehacer concreto y el pensamiento clásico-universal, cercenando su unicidad. Así, resalta como hoy la “sociedad del conocimiento” de manera insólita soslaya el conocimiento sustancial de la naturaleza humana.

La identidad fluctuante del hombre actual expresa notorio desagrado ante valores trascendentes y una presencia inconfortable frente a una Virtud que percibe impropia. Es el repudio de la pereza metafísica ante las sublimes exigencias del mundo interior: ser Humano se ha transformado en una distopía.

Consagrando esta degradación sideral, se encumbra la más mortífera y dolorosa enajenación: la agonía del Amor. Cortando así el más profundo y férreo lazo entre los corazones humanos. Destruid el amor y habrás destruido el mundo del hombre.

El presente sistema social alberga al hombre-dios, desconocedor de la arbitrariedad de la naturaleza que nos impone la dignidad universal del hombre y nos iguala en sujetos de derechos y deberes. Este endiosado quiere erigirse él en árbitro dador o negador de vida. Destructor de la autoridad del orden natural, para reinar en un orden artificial. Donde la condición humana ha sido sacrificada como culto al poder y con ello, las jerarquías de conducción -connaturales a toda estructura social- fueron reemplazadas por jerarquías de dominación.

En este paradigma sin conducción metafísica ni político-cultural, el imperio de la tecno-virtualidad se adueña del individuo. Estableciendo una virtualización febril de la vida. Se impuso un yo digito-virtual al yo espirito-psicológico. Resta, un vacuo existencialismo tras un espejismo que intenta ser vida. De esta manera, este falso yo, concibe a la realidad humana como un constructo de su banal capricho. Los deseos infantiles esclavizan así, a la voluntad real que brega por las necesidades genuinas de la persona. Finalmente, una cárcel emocional encierra a la consciencia y la aleja de las realidades de la vida, del acontecer humano y sus causas. Este emotivismo es instigado, además, por ideologías relativistas amorales que empujan hasta militancias de concepciones criminales. La psicosis colectiva engendra crímenes colectivos.

De esta caótica matriz de perversión, inconsciencia e insignificancia existencial se constituye la cultura del poder, regida por elites desespiritualizadas, implicando una desnaturalización política total.

Toda esta insustancialidad cultural rampante lleva, entonces, al polo contrario de la Política. A su antítesis. Su negación. Originando iniciativas como el aborto y la eutanasia. Arquetipos de la anti-política.  Puesto que producen la eliminación de su razón de ser: el sujeto político, aquí borrado de la faz de la polis. El Estado, máxima expresión institucional del nosotros, se dispone aquí contrario sensu, a eliminar ciudadanos, en lugar de producir políticas dictadas para su tutela frente a todo atropello.

La eutanasia (como el aborto) es anti-amor, anti-familia, anti-comunidad, anti-ciencia: anti-todo. Pues es, en sí, la anti-existencia. Donde la cancelación de la naturaleza se extiende al punto de cancelar la existencia misma. Una nueva anti-política, fiel reflejo de la degradación política y cultural antedicha, símbolo de esa cultura del poder, que la clase “política” local -entreverada en clientelismo, desidia y corrupción- instrumenta para tapar el desastre sociosanitario nacional y eximirse de la responsabilidad de modificarlo.

Poseemos un quebrantado sistema de salud, de insuficiente infraestructura, con falta de insumos básicos y profesionales de sueldos vergonzantes. En ese marco sanitario la iniciativa de la legalización de la eutanasia se cuela vía mentes “solidarias” que pregonan la “muerte digna” del paciente. Otro reduccionismo existencial. La compasión impostada de la libertad moderna, que grita autonomía mientras sangra abandono.

Otra vez de espaldas al sufrimiento. Frente a la complejidad de la realidad de una persona que necesita un acompañamiento integral en los momentos últimos de su vida, se busca el simplismo llevado al extremo de la muerte, un cortoplacismo atroz enmascarado en una quimérica “decisión de morir”. No existe tal deliberación por parte de algún paciente. Lo real es, llegado el momento -naturalmente-, la aceptación de la muerte como proceso inexorable.

La sabiduría del discernimiento médico que lleva a evitar los extremos entre el encarnizamiento terapéutico y la inacción desmesurada, aquí se ve compelida por un derecho positivo sin cauce del derecho natural. Las verdades científicas sucumben a una presión político-jurídica que transforman la Ley en artificio de impunidad. Es el poder, presionando la ciencia médica hasta su desnaturalización.

La sombría y fría impiedad de este culto al poder, metiéndose en su psiquis, opta por resolver anular el impulso de vida de cualquier persona hasta su quiebre psicológico, para exceptuarse de los costos de todo tipo, que tal abordaje y tratamiento exigen. Así de hipócrita es este ideologismo retorcido e inescrupuloso que busca llanamente eliminar el no deseado, el “improductivo”, el algoritmo caduco.

Distinto sería que un paciente decida, por ejemplo, ya no ser reanimado bajo determinadas circunstancias o que renuncie a medidas médicas extraordinarias (sin proyección de mejoras) de sostén artificial de la vida. Lo inaceptable es la soberbia pretensión de dirimir la trascendencia de la dignidad y el destino humano en los mililitros de una inyección letal.

Hay que reconstruir la salud pública para proveer a estos pacientes terminales lo que necesitan. Los tratamientos del dolor que eviten sufrimientos innecesarios y una completa atención multifactorial. De los pacientes que requieren de cuidados paliativos en la Argentina, es proporcionalmente ínfima la cantidad que los recibe. Esa es la realidad de la salud en nuestro país, que buscan ocultar con sigilo y sortear con descaro. La eutanasia es básicamente el intento de instalar y consolidar un sistema que hace de la desolación la más sutil guía al suicidio.

Estamos sufriendo las consecuencias del soterramiento del Ser. Con una libertad patologizada que esparce desamor por todo el cuerpo social. Imponiéndose una superficialidad de concepción y entendimiento incapaz de descender a las entrañas de lo humano, donde la naturaleza dicta parámetros ontológico-antropológicos.

Lograr la armonía entre el conocimiento científico, la tutela del Derecho, el poder político y el sentido profundo de la sabiduría universal, permitirá reconstruir un espíritu comunitario, la estatura cultural y el ethos político. Que la empatía, la hermandad, la solidaridad, la sensatez, la justicia, la responsabilidad ante el sufrimiento del otro, en fin, lo cabalmente humano, logren impregnar todos los ámbitos sociales de decisión y acción. Comenzando aquí por la relación médico-paciente.

No hay esperanza para Argentina sino hasta restituir las verdades fundamentales en la mente popular, y la jerarquía de las virtudes espirituales en el seno de la cultura política: primero el amor (a la persona, familia y Nación), sobre ello asienta la conciencia moral, luego la contracción a la Verdad y sólo sobre ese cimiento puede la creatividad política edificar prosperidad estratégica. Emprendamos de una vez en el verdadero camino de realización comunitaria nacional: popularizar lo trascendental y militar las más altas causas del Espíritu.

Nota de Ricardo M. Romano