El médico y la virtud de la prudencia en tiempos de pandemia

El avance diario y sostenido de pacientes con COVID-19 hace vislumbrar una probable saturación del sistema de salud en lo referente a cuidados críticos. Bajo estas circunstancias, quienes hemos transitado este campo de la medicina -y aquellos que lo hacen actualmente- sabemos que es posible enfrentarnos a situaciones en las cuales la toma de decisiones puede condicionar tanto la vida de una persona como la propia considerando los niveles de exposición ante un enemigo tan contagioso.

En nuestro arte no se admiten superficialidades ni atolondramientos; no podemos dejarnos llevar por emociones desenfrenadas ni por intuiciones no contrastadas. Es por ello que nuestros juicios deben madurar en la conciencia e indefectiblemente basarse en una de las virtudes cardinales: la prudencia.

Para Santo Tomás de Aquino la prudencia es una virtud propia de la razón no de la voluntad, que sólo se perfecciona intrínsecamente por el hábito. La decisión prudencial se lleva a cabo en tres actos: consilium, iudicium, imperium.[1]

Consilium (la deliberación) indaga las razones para obrar correctamente con el fin de llegar a obtener la certeza moral sobre lo que se debe hacer y los medios que vamos a utilizar. Antes de actuar hay que haberse hecho una imagen lo más precisa posible de la realidad. Para ello se nos exige un estudio minucioso que permita valorar las diversas circunstancias a la luz de los conocimientos científicos actuales y de la experiencia, ya sea propia o ajena, reconociendo con humildad que no podemos ser expertos en todos los aspectos de la medicina.

Iudicium (el juicio) consiste en la toma de la decisión sobre lo que hay que hacer.

Imperium (el mandato) trata de poner manos a la obra, de ejecutar el acto decidido por el juicio.

Ocho son las partes integrales que se le reconocen a la prudencia[2]:

1 – Memoria: Nos permite tener presente los datos de la experiencia concreta y ponerla al servicio de la valoración actual.

2 – Entendimiento o ciencia: Nos facilita los conocimientos de tipo general aplicables al caso concreto, desde los primeros principios hasta los datos de evidencia científica.

3 – Providencia o previsión: Nos ayuda a vislumbrar las consecuencias del acto en el futuro y ordenarlo a su buen fin.

4 – Docilidad: Nos lleva a buscar, escuchar y seguir el buen consejo de los más expertos, siempre necesario sobre todo en cuestiones complejas. Y así como la humildad es imprescindible para pedir consejo a quién está constituido en autoridad y cargado de experiencia, la docilidad se requiere para aceptar lo aconsejado y llevarlo a la práctica.

5- Sagacidad o solercia: Es la pronta disposición para resolver acertadamente aquellos casos urgentes que no pueden esperar a un proceso más elaborado de discernimiento. Nos permite captar de un “vistazo” la situación imprevista y tomar al instante la nueva decisión. Es importante hallar rápidamente lo que conviene, sobre todo cuando se nos requiera ser diligentes en la resolución de una situación de un paso rápido a la acción como, por ejemplo, en una emergencia médica.

6 – Razón: Se deriva del examen y reflexión de los conocimientos acumulados sobre la cuestión cuando no obra urgencia.

7 – Circunspección: Nos hace considerar bien las circunstancias relevantes en torno a la cuestión que se debe resolver, teniendo una mirada abierta en derredor. Es la actitud de quien no se obstina por conseguir “alocadamente” aquello que persigue, es decir, sin tener en cuenta si el momento es oportuno o la ocasión lo permite. Vale de ejemplo la indicación del momento exacto para un acto quirúrgico o de un examen complementario, situaciones muy frecuentes en el este contexto epidemiológico actual. Ser circunspecto no es ser curioso, porque la curiosidad incita a fijarse en cosas irrelevantes cuando no perjudiciales, ni tampoco excesivamente formal o reservado, porque no se trata de estar a la defensiva, cerrado, sino abierto a la totalidad de lo real circundante pero no ingenuamente sino sopesadamente.

8 –Precaución: Se trata de un cuidado requerido frente a elementos externos previsibles que pueden ser obstáculo para el buen fin. Sirve para evitar los males, no de aquellos que acaecen por azar y son impredecibles, como los que son provocados por causas naturales o acontecen por casualidad, sino de aquellos que se pueden prever.

Nuestra profesión deber retornar al ejercicio de la prudencia, sobre todo en estos tiempos agitados y confusos, y no solo con los enfermos de COVID-19, sino con todos y con cada uno de los seres humanos que día a día acuden en busca de nuestra ayuda.

Por último, el ejercicio de esta virtud no sólo interesa a cada hombre sino también a las sociedades y a sus dirigentes en orden a alcanzar el Bien Común. Así, la prudencia se convierte en una de las virtudes naturales más importantes para la paz y prosperidad social.

Nota: El Dr. Germán Calabrese es Médico Cardiólogo, Especialista en Medicina Legal, Diplomado en Bioética


[1] Suma Teológica II-II, q. 47 a. 8.

[2] Suma Teológica II-II, q. 49 a. 1-8.