Los vulnerables durante la pandemia: la condición de los ancianos

La Pontificia Academia para la Vida y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral publicaron en febrero de 2021 el documento titulado “La vejez: nuestro futuro. La condición de los ancianos después de la pandemia” sobre las lecciones que deben aprenderse de la tragedia de la pandemia, sus consecuencias para el presente y el futuro próximo de nuestras sociedades. Como el título lo indica el foco en estas líneas es la vejez y vulnerabilidad y el documento considera que “en el plano cultural y en el plano de la conciencia civil y cristiana, es oportuno realizar un profundo replanteamiento de los modelos de asistencia para los ancianos”.

El documento se divide en seis apartados, cuyos títulos señalan los contenidos principales: Una lección para aprender; La COVID-19 y los ancianos; La bendición de una larga vida; Un nuevo modelo de cuidado y asistencia para los ancianos más frágiles; Recalificar la residencia de ancianos en un “continuum” social-sanitario; Los ancianos y la fuerza de la fragilidad.

Si llegamos a realizar un rápido recorrido por lo que fue la pandemia de COVID 19, en cuanto a lo que se discutió, encontraremos números artículos que hicieron pie en las varias cuestiones que pusieron en vilo a todo el mundo. Desde el estudio de un nuevo virus, pasando por las políticas públicas, sanitarias, de seguridad, los protocolos de aislamientos y terminando en el descubrimiento de la vacuna contra el COVID 19. Podríamos decir que el hombre constantemente está en cambio y adaptación, más aun, podríamos hasta asegurar que la realidad y el ritmo de vida tal como lo conocemos puede cambiar de un momento a otro.

Como lo expresa la reflexión de la Pontificia Academia para la Vida “todos los ámbitos están siendo desafiados: la política, la economía, la sociedad, las organizaciones religiosas, para lanzar un nuevo orden social que ponga en el centro el bien común de los pueblos”. No hay lugar alguno en que no se haya modificado el estilo de vida; si bien algunos toman ciertos protocolos y otros quizá resultan más flexibles, la cuestión es que, donde hay un país que es afectado ello repercute en los demás. Se puede decir sin vueltas que esta pandemia se ha convertido en una cuestión de vida o muerte. Quizá no para todos igual, pero si para los más indefensos y los que están pasando por ella de manera solitaria. Es por ello que los ancianos realmente han estado entre los más afectados.

Varios estudios e informes de la Organización Mundial de la Salud arrojaron que durante la primera oleada de COVID 19 el mayor porcentaje de muerte fue de personas mayores. No obstante, este resultado no debe ser llamativo ya que desde hace años la sociedad les ha dado la espalda. En el informe de la Pontificia Academia para la vida se pueden encontrar las causas de esta situación y cómo es que la comunidad deja de lado a sus propios padres y abuelos. El documento también realiza una clara solicitud a las instituciones mismas que se encuentran sin recursos y en desventaja. Pero por otra parte también llama la atención sobre el abandono de la propia familia. 

Hoy en día y desde hace ya varias décadas los ancianos son observados con algo de desinterés, no tan solo por las políticas que poco a poco los dejan sin ayuda alguna, sino que aun más profundamente por las familias que, en ocasiones, por culpa de factores externos, terminan viendo a las personas mayores como una carga. Ahora bien, existen numerosas situaciones que impiden que un anciano siga o vuelva a vivar con sus hijos o parientes, pero no por ello se los debe relegar a lugares donde algunos pueden sufrir maltrato y a veces por esas mismas cuestiones es que mueren sin poseer enfermedades o discapacidad alguna. El documento señala: “Una alianza cuidadosa y creativa entre las familias, el sistema sociosanitario, los voluntarios y todos los actores implicados puede evitar que una persona mayor tenga que abandonar su hogar”. Se trata de buscar “una personalización de la intervención social y sanitaria”.

Por otra parte, hay que tener en cuenta la mirada de los propios ancianos y cómo es que a ellos les afectan estas cuestiones. Luego de los protocolos y los cambios en la manera de circular se pudo observar una gran problemática que quizá no está a la luz de todos. Nos referimos a cómo se vieron afectadas las personas mayores que perdieron las visitas de sus hijos, nietos o familiares. Por ello se puede advertir que aislar a los ancianos, no tan solo es una problemática que puede causar soledad y abandono, sino que mutila y empobrece a la misma familia. Es importante una vez más poder resaltar la importancia de la familia en este tema, ya que los riesgos vinculados a la edad, como puede ser la desorientación, la pérdida de memoria, la decadencia de los sentidos, pueden manifestarse en contextos como estos con mayor rapidez y facilidad. 

Ahora bien, debemos comprender que en varias ocasiones una familia puede necesitar ayuda con el cuidado de una persona mayor, porque más allá del amor que se le pueda dar a aquellas personas, hay casos particulares en los que se requiere la ayuda de un médico especialista. Es por ello que las instituciones que ofrecen su servicio deben tener vocación de acompañamiento familiar, social y espiritual con el pleno respeto de su dignidad como persona y por otra parte deben estar preparadas para garantizar la mejor atención posible a quienes más la necesitan, en un ambiente que se debe tonar los más familiar posible. Porque la vejez más allá de ser parte de la vida misma, es a menudo un pasaje, que se encuentra marcado por sufrimiento y la soledad.

En este sentido, el documento señala: “las residencias de ancianos deberían recalificarse en un continuum sociosanitario, es decir, ofrecer algunos de sus servicios directamente en los hogares de los ancianos: hospitalización a domicilio, atención a la persona individualmente con respuestas de atención moduladas en función de las necesidades personales a baja o alta intensidad, donde la atención sociosanitaria integrada y la domiciliación sigan siendo el eje de un nuevo y moderno paradigma”.

En tal sentido destacamos dos cuestiones: por un lado, el acompañamiento de la familia y por el otro trabajo de las instituciones. Sin embargo, aún queda por mencionar el trabajo de la sociedad y su rol en esta situación.

El documento menciona algo muy importante en este sentido y es que, en muchos países del mundo, se ha dado la coexistencia de hasta cuatro generaciones. Hechos como este hablan de la esperanza que puede y debe tener el resto del mundo; realmente se puede entender como algo increíble que debe ser sumamente valorado ya que de ello se puede aprender a cuidar las relaciones intergeneracionales. Sabiendo que cuestiones como estas resultan del gran avance de la ciencia y la medicina, se debe aprender de ellas para lograr una sociedad más unidad y más bondadosa con el prójimo, en donde se tengan en cuentas a todos comenzando por el niño por nacer hasta los más ancianos. Se debe aprovechar esta atención sanitaria en proceso para poder ayudar y reparar aquellos males que sufre la sociedad y no para intentar destruirlas con leyes y regulaciones que nada pueden hacer para ayudar a los más vulnerables. 

Resuelta innegable que la pandemia, a nivel mundial, ha evidenciado la importancia que le da cada una de las personas a la vida. Por tal motivo remarcamos que toda vida tiene el mismo valor, no hay que diferencian entre ellas. La sociedad debe encaminarse por el sendero del amor por los demás, de ayudar a aquellos que más lo necesitan desde el lugar que cada uno pueda. Se debe proteger el respeto por las demás generaciones ya que son ellas las que hacen que los vínculos sociales puedan ser más fructíferos y puedan tener la fuerza suficiente para perdurar en el tiempo.

El tiempo debe dar aprendizaje y conciencia, ya que el debilitamiento de la familia en tiempos difíciles sólo lleva a la soledad y deteriora las condiciones íntimas de cada una de las personas que necesitan el afecto de sus pares para lograr afrontar la pandemia desde donde les toca.

Por otra parte, hay que ser valientes ante las nuevas culturas del descarte y selección que llegan a plantear a quién darle prioridad de vida y a quién no; la sociedad debe respetar la dignidad de cada uno de sus miembros, regida por la ética del bien común sin importar o discriminar a nadie, y en este caso sin importar la edad.

Como sociedad debemos aprovechar esta oportunidad tan particular para poder crear herramientas que ayuden y nutran nuestras familias y hogares, para poder afrontar cada uno de los desafíos que se opongan en el camino, sin de dejar de lado a los más vulnerables, para que de esta madera podamos ser una sociedad más justa.

Informe de Facundo Martínez Oliver

Fuente: https://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_academies/acdlife/documents/rc_pont-acd_life_doc_20210202_vecchiaia-nostrofuturo_sp.html