La comunidad internacional y la estrategia política local para una defensa eficaz de la vida desde la concepción

A unas semanas de la promulgación de la ley de adhesión al protocolo de aborto en CABA el pasado 16 de julio de 2020, traigo acá tres órdenes de reflexiones políticas que cobran relevancia para explicar lo acontecido y para proyectar el futuro. En la primera parte vamos a analizar el rol de la comunidad internacional. En la segunda parte, vamos a evaluar con mayor énfasis las trayectorias discursivas alternativas que han utilizado las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales a nivel internacional en el debate del aborto. En la tercera parte, nos vamos a ocupar de la estrategia política y las experiencias de partidización del debate del aborto.

Este es un ensayo de aproximación a estos asuntos que, lejos de pretender tener la última palabra, pretende ilustrar, con trabajos científicos, algunos matices que evidencian la complejidad que nos presenta la realidad política, complejidad que nos exige ser profesionales y serios a la hora de avanzar de lo descriptivo a lo prescriptivo, maxime cuando lo que está en juego es la defensa eficaz de la vida por nacer. Las conclusiones se presentarán en términos de advertencias y hallazgos para orientar no sólo la estrategia sino futuras investigaciones.

El rol de la comunidad internacional

Como destaca Parsons, “uno de los cambios más importantes en la política de fines del siglo XX es el grado en que la agenda de las políticas públicas ya no se establece ni define dentro de las fronteras de lo nacional”[1]. Los propios gobiernos han decidido transferir importantes cuotas de poder a organizaciones globales y regionales. Esas decisiones, si bien fueron deliberadamente tomadas en atención a necesidades reales de gobernanza, han circunscripto no obstante a ciertos límites la libertad de actuar de los estados en algunos ámbitos[2]. En esa línea, es de destacar que, en el debate de aborto en la Argentina en 2018, la mención a organismos internacionales, tratados internacionales, comités creados por dichos tratados y organizaciones no gubernamentales internacionales se repite no sólo en los proyectos de ley que proponen legalizar el aborto sino también en aquellos que están en contra.

Un estudio sobre el marco discursivo del discurso en torno al aborto antes y después de Roe v. Wade (1973) destaca cómo ese fallo sirvió para cambiar el eje de argumentación desde el énfasis en el control demográfico hacia una fundamentación basada en la reivindicación de derechos. Señala que en la Conferencia de Población y Desarrollo de Budapest en 1974 los líderes del tercer mundo discutían que los programas de control demográfico eran racistas o explotadores en términos económicos. Esta oposición influenció el cambio de discurso a favor del aborto ya no desde el control demográfico sino hacia un discurso basado en el aborto como un derecho, siguiendo la línea de la Corte en Roe v. Wade[3].

Habitualmente vinculado su origen al National Security Study Memorandum 200 del año 1975, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se convirtieron en los promotores de la política exterior orientada a lograr la sanción de leyes que favorecieran el aborto en el resto del mundo. Lejos de abonar una teoría conspirativa, y sin perder de vista que los fenómenos sociales nunca pueden explicarse por una sola causa, no podemos obviar la evidencia.

El National Advisory Council on International Monetary and Financial Policies es sindicado como uno de los organismos encargados de orquestar estos programas. Del mismo modo, el Fondo de Población de las Naciones Unidas articula muchas de estas políticas en relación al Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Africano de Desarrollo[4].

El mencionado estudio en torno a Roe v. Wade menciona que en 1975 cuando Christopher Tietze perdió financiamiento del Population Council para sus investigaciones sobre aborto, lo consiguió del Guttmacher Institute de Planned Parenthood[5]. Lo que no se menciona en los fundamentos de ningún proyecto presentado en nuestro órgano legislativo es la jugosa financiación de ONGs norteamericanas, como Planned Parenthood (financiada en parte por fondos públicos del gobierno federal Estados Unidos, y en parte por fondos privados), que reciben las ONGs locales que abogan aquí por la liberalización del aborto. Esta institución, como sabemos, ha introducido en Argentina más de cinco millones de dólares en la última década.

A todo esto seguramente se refería Eduardo Galeano cuando se preguntaba “¿qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan?” y respondía denunciando que “McNamara, el presidente del Banco Mundial que había sido presidente de la Ford y secretario de defensa afirma que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo para el progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial otorgará prioridad, en sus préstamos, a los países que apliquen planes para el control de la natalidad”[6]. Aquella primera estrategia, más explícita y controlada desde el Estado, parece haber mutado con el paso de los años a una estrategia más difusa y que fluye a través de canales privados o mixtos.

El cambio discursivo de la comunidad internacional en relación al aborto

Como afirma Ziegler[7], la coalición promotora del control demográfico era muy diversa en la década que precedió a Roe v. Wade. Los argumentos que esa coalición esgrimía para el control demográfico fueron decisivos para avanzar en las reformas hacia el aborto antes del mentado fallo de la Corte. Esta misma línea argumental era la que utilizaban por aquel entonces instituciones como National Organization of Women, NARAL y Planned Parenthood. Dicho en otras palabras, el apoyo al aborto se sustentaba como una medida de control demográfico.

Todo cambió con Roe y su argumentación basada en derechos, lo cual también apartó el discurso a favor del aborto de cualquier consideración en términos de políticas públicas[8]. La Human Betterment Association for Voluntary Sterilization era la única organización pro control demográfico que hasta 1970 no había abrazado el aborto[9]. En 1965 pasó a llamarse Association for Voluntary Sterilization (AVS) (ídem: 288). Ya cerca de la fecha de Roe, AVS también migró su argumentación, entre otras razones, por el rechazo que generaba en países de América Latina el discurso de la esterilización, y los escándalos por el abuso en la utilización de esa técnica en el extranjero (ídem: 299). La creación de un Comité para terminar con el abuso de la esterilización enfrentó a AVS con acusaciones de racismo y violencia hacia la mujer. Hoy todavía funciona bajo el nombre de Engender Health[10], pero aparentemente ya no hace aquel énfasis en las bondades de la esterilización.

El clima ya había cambiado antes de Roe v Wade. En 1972 tanto la Convención Demócrata como la Republicana usaban indistintamente los términos abortion y population control[11]. Sin embargo la relevancia política de las reformas de control demográfico seguía creciendo, como lo prueba el éxito legislativo de la propuesta de Nixon de crear un Centro Nacional de Control Demográfico y Planeamiento Familiar, apoyado por legisladores de ambos partidos y de orígenes tan variados como el texano republicano G. H. W. Bush y el demócrata de Bronx James Scheuer.

Robin Elliot, miembro de Planned Parenthood, jugó un papel fundamental al asesorar a esa institución para que cambie su discurso, adoptando la retórica de derechos de Roe[12]. Como ya se mencionó, el choque con los países pobres en Budapest 1974 convenció a Planned Parenthood y compañía de que los argumentos de control demográfico habían perdido eficacia. Denise Spalding fue otra de las que, desde su rol de directora de ACLU, difundió las virtudes en términos publicitarios y educativos del discurso basado en la libertad reproductiva. Planned Parenthood empezó a incluir en su argumentación el énfasis en el acceso igualitario al aborto[13].

El rol de los afroamericanos, que cobra relieve mencionarlo en tiempos del Black Lives Matter, fue decisivo en la oposición al aborto en Estados Unidos: Marvin Davies afirmaba que las medidas de control demográfico no estaban entre los intereses de ese sector de la población, lo cual sería confirmado por los sucesos posteriores[14]. El Reverendo Jesse Jackson también manifestó que había rastros de genocidio detrás de esas regulaciones. Ya nos ocupamos desde el Centro de Bioética del vínculo de IPPF con la eugenesia y la discriminación racial, en ocasión de la decisión de la filial neoyorquina de remover el nombre de Margaret Sanger de su sede.

Una vez superada esta primera fragmentación en el discurso en torno al aborto en los Estados Unidos, siguió la división entre el discurso libertario y el discurso proteccionista. En un trabajo basado en el análisis de quiénes y qué estaba representado en los discursos de los medios de los dos países basado en datos de periódicos comparando el discurso sobre el aborto desde 1970 a 1994 en Alemania y Estados Unidos, Marx Ferree releva la existencia las franjas “individualistas” y “proteccionistas”. La primera defiende que el aborto es una cuestión de elección que las mujeres, como los hombres, deberían poder ejercer libremente como ciudadanos que ostentan derechos, franja que se encontraba en la corriente principal de la teoría liberal[15]. La segunda asume la necesidad de las mujeres de ser protegidas de la coerción social para poder ser libres[16]. El mismo estudio destaca la postura del movimiento Feminists for Life (FFL) de los Estados Unidos como uno de los discursos “marginales” o “excluidos” dentro del feminismo[17].

Una de las referentes de FFL, Serrin Foster, no duda en afirmar que ninguna mujer elige abortar libremente, sino que es un último recurso a la vez de ser el reflejo de que hay un problema en la sociedad[18]. En la Argentina hemos sido testigos de la ambigüedad en la construcción discursiva de la argumentación a favor del aborto, donde se plantea la despenalización, legalización o liberalización del aborto en términos ambiguos, haciendo uso por un lado de argumentos vinculados a la libertad o a la autonomía de la voluntad definida en términos neoclásicos, a la vez de apelar a la sensibilidad del público argumentando desde la situación de la vulnerabilidad materna.

Esta ambigüedad fue puesta en relieve en otros contextos en los que se debatió el aborto. En el fondo, la defensa del aborto más consistente sería la “radicalmente libertaria”[19]. Esto fue dejado en evidencia por algunas intelectuales libertarias feministas en Estados Unidos, que plantean como una incoherencia que quienes están a favor del aborto por argumentos libertarios no pueden defender con los mismos argumentos[20] su reclamo de que los abortos los pague el sistema (en Argentina, aborto “gratuito”).

Marx Ferree sostiene que aquellos que se pronuncian a favor del aborto se niegan a reconocer que la coerción social puede coexistir con libertades formales legales y a admitir que la “libre elección” no sería experimentada como una elección bajo ningún aspecto. De esa manera, el discurso del derecho al aborto en los Estados Unidos margina a las mujeres que son en realidad víctimas, que fueron abandonadas por el Estado a lidiar con la crisis económica, personal y social que experimentan con su embarazo. Y continúa afirmando que las mujeres pobres y las de color están sobrerrepresentadas entre aquellas que no sienten que tengan una opción de criar a un hijo y que, en lugar de eso, se pueden sentir compelidas y coercionadas hacia la esterilización, a dar en adopción o a abortar[21]. Dicho de otra manera, no eligen libremente abortar, porque no podrían haber elegido con la misma libertad ser madres.

El marco de las coaliciones promotoras se ha mostrado útil para explicar otros debates relacionados a temas de salud, como el cuidado de la privacidad de los datos en el ámbito de la salud, y los debates sobre precios y cobertura de fármacos[22]. Este marco incliuye dentro de estas coaliciones “un amplio rango desde distintos profesionales, grupos de interés, funcionarios, investigadores, etc.”[23]. El mismo marco le asigna un rol clave al aprendizaje mutuo de las coaliciones que compiten en un mismo debate. Este aprendizaje puede explicar el viraje del discurso pro aborto hacia una argumentación anclada en la vulnerabilidad materna como herramienta para lograr apoyo de parte de la sociedad civil apelando a su sensibilidad. Ese aprendizaje también lo llevó a empezar a hacer hincapié en la “vida”, en su caso, de la mujer (Sutton y Borland 2013: 230), aprendizaje probablemente vinculado a la denominación atribuida a la coalición opositora, usualmente referida como “provida”.

También aprendió el movimiento a favor del aborto a profesionalizarse. No sólo IPPF, sino NARAL[24], Abortion Rights Association[25] y la National Organization of Women[26], son ejemplos de organizaciones que afrontaron este proceso de profesionalización que les permitió acceder a financiamiento, ser más eficaces en sus actividades de lobby y, además, trascender fronteras, como atestiguamos en nuestro país con CEDES, ELA, Casa FUSA, Fundación Huesped y tantas más . En efecto, otras organizaciones que no tomaron la vía de la profesionalización como el caso de la Reproductive Rights National Network[27], fracasaron y desaparecieron.

Estrategia política: las experiencias de partidización del debate del aborto

Cómo se dijo, la promulgación del protocolo de aborto en CABA puso de relieve un debate que, mucho más subrepticiamente había surgido en ocasión del voto provida del Diputado Luis Contigiani en 2018: la cuestión de la representación política partidaria y el debate del aborto[28]. Con un sistema constitucional que reserva el monopolio de la representación política a los partidos, se plantea la necesidad de pensar cómo una defensa eficaz del derecho a la vida por nacer puede materializarse dentro de ese sistema.

La historia repetida de un candidato al ejecutivo declamadamente provida, pero cooperando con iniciativas legislativas a favor del aborto, primero a nivel nacional en 2018 y ahora a nivel del gobierno de la Ciudad, han fomentado el surgimiento de armados que incluyen el rechazo del aborto dentro de una propuesta política partidaria. El razonamiento generalmente seguido parte de valorar como exitosas las estrategias provida que llevaron a Donald Trump y a Jair Bolsonaro al poder y considerar que tales experiencias pueden ser replicadas en la Argentina. Lejos de tomar postura a favor o en contra de tales iniciativas, este artículo se propone marcar algunos matices importantes que cualquier proyecto de este tipo debería tomar en consideración, y también esbozar algunas conclusiones que podrían extraerse sobre la base de algunos hallazgos que surgen de la experiencia de partidización de la causa del aborto en aquellos contextos.

En el caso de los Estados Unidos, contrario a la situación actual, el electorado Demócrata era mayormente provida cuando la Corte falló en Roe v Wade inaugurando el lamentable período de aborto despenalizado que se extiende hasta nuestros días. El electorado Republicano era mayormente favorable al aborto mientras que “quienes se identificaban como Demócratas, eran significativamente más pro-vida que los Republicanos tanto en 1972 como en 1976”[29]. A nivel de las élites partidariarias, la cuestión estaba más pareja. Si bien en la cámara baja los Republicanos eran mayormente provida, la postura a favor del aborto representaba casi un 60% en el Senado en ambos partidos. El proceso de partidización y polarización partidaria del debate del aborto no comenzó en Estados Unidos sino hasta 1980[30]. Aunque “los Demócratas se volvieron más favorables al aborto que los Republicanos en 1984”, en 1988 la diferencia parece desaparecer[31]. Recién en 1992 encontramos una elección en la que la posición del aborto parece haber jugado un rol importante, a partir de la cual la división se fue haciendo más patente[32] también a nivel del electorado, [33] llegando a la situación en la que nos encontramos hoy.

Incluso a nivel de electorado, no sólo “los Republicanos eran más favorables al aborto que los demócratas incluso hasta 1980”[34]; en las elecciones aquel año “la mayoría de los pro-vida eligieron a Carter por sobre Reagan, mientras que los pro-aborto favorecieron a Reagan”[35] a contramano de la posición de ambos candidatos. Hasta que se convirtió, por los factores que ya veremos, en un asunto partidario, los pro-vida americanos, en un primer momento, al igual que lo que ocurre a muchos grupos cuando promueven un solo asunto, apoyaban “cualquier candidato, sin importar su afiliación política, siempre que él o ella [tuviera] la posición correcta en su asunto de preferencia”, haciendo “campaña por candidatos de cualquier estirpe”[36].

En 1992, como dijimos “a pesar de la percepción generalizada de que la elección presidencial se decidió casi exclusivamente por asuntos económicos, Abramowitz demostró que “las actitudes respecto al aborto tuvieron una fuerte influencia sobre la elección de candidatos en el electorado en general”[37]. La particularidad de la elección del ’92 fue que “aunque el asunto dividió a los votantes de ambos partidos, muchos más Republicanos pro-aborto que Demócratas pro-vida defeccionaron de su candidato presidencial”[38].

En una primera instancia, se había sugerido como posible respuesta a la pregunta por el cambio en la identificación de las élites partidarias, “que los miembros se adaptaron a las expectativas de sus jefes partidarios en un esfuerzo para maximizar sus posibilidades de ser elegidos”. Está hipótesis, que parecen confirmar casos como el de Bush padre, son más bien la excepción[39]. La conclusión que arrojó aquel estudio sobre las elecciones de 1992 fue que no fueron los cambios de opinión de los candidatos lo que movió el cambio a nivel del partido en su conjunto respecto al aborto[40].

Al nivel del electorado, el cambio en la identificación partidaria fue más lento, como lo prueba el hecho de que en 1984 los Demócratas eran todavía más fuertes entre los pro-vida[41]. Si bien estaba claro que tal contradicción entre un partido y su electorado “particularmente en un asunto tan prominente y permanente, no puede continuar eternamente”, hubo que esperar un tiempo para que ese cambio se termina imponiendo[42]. Sabemos, entonces, que los cambios en las élites no seguían a los cambios en las masas, ya que, de haber sido ese el caso, “los Demócratas en el Congreso deberían haberse vuelto menos favorables al aborto, no más” [43]. Entonces, los miembros del Congreso no podrían haber sido inducidos por las masas. Esto parece indicar que la dirección de la causalidad debiera ser de las élites a las masas y no viceversa[44]

Lo que resta explicar es como se gestó el cambio en la identificación a nivel de élite partidaria. Abramowitz sugería aplicar el caso del aborto el método desarrollado por Carmine y Stimson, que habían demostrado la importancia del rol de lo que dieron en llamar los activistas políticos, en el proceso de partidización del debate sobre las cuestiones raciales unos años antes[45]. Los activistas son, en esta conceptualización, aquellas personas “ubicadas entre quienes detentan cargos de un lado del continuo, y la gran masa inactiva del electorado, del otro … un grupo heterogéneo que incluye delegados de las convenciones nacionales de nominación, ciudadanos muy involucrados en actividades de campaña, los grandes aportantes financieros a los partidos políticos y algunos candidatos individuales”[46].

Advirtiendo que la reorientación de las élites partidarias en los asuntos raciales no llevó a un inmediato cambio en las actitudes raciales del electorado[47], Carmines y Stimson habían puesto de relieve el “vínculo mediador crucial entre el electorado, por un lado, y los actores de la élite partidaria, por el otro” que desarrollaban estos activistas. Alegaban que, al haberse vuelto más los activistas Demócratas “liberales en asuntos raciales”, a la par que los activistas Republicanos viraban a la derecha, en su conjunto, éstos activistas “estaban enviando señales claras y consistentes sobre las posturas divergentes de sus respectivos partidos”, señales a las que los electores lentamente iban respondiendo. El resultado de ese proceso era el cambio de identificación de los votantes.

Carmines acudió al llamado y abordó esta cuestión junto a Woods. Enmarcando este proceso dentro de la evaluación histórica que ya reseñamos, agrega que, si bien “hasta 1970, la mayoría de los Protestantes en realidad rechazaban cualquier activismo contra el aborto como un ‘asunto católico’”[48], se volcaron en la década siguiente a este asunto. En la medida en que otros temas además del aborto dividían a la sociedad, como el matrimonio homosexual, “los conservadores evangélicos” empezaban a influenciar “fuertemente el proceso de nominación y plataforma presidenciales del Partido Republicano”[49]. Esto podría explicar lo que señala Marx Ferree: que la coalición provida también cambió su discurso entre la década del ‘70 y la del ‘80, alejándose del catolicismo[50]. Quizás eso se emparenta con lo que está pasando en el actual debate en la Argentina, donde la Iglesia institucionalmente no ha jugado el rol que sí asumió en otros debates, aunque aún es muy temprano para poder afirmarlo.

En la década del 80, “comparado con la masa del electorado, tanto los activistas de campaña Demócratas como Republicanos fueron más favorables al aborto”. Según Carmines y Wood, quizás la posición pro-vida de Reagan haya contribuido a que los activistas Demócratas se movieran hacia una posición favorable al aborto, polarizando por primera vez el aborto en una elección.[51] Mientras que se empieza a verificar en las encuestas esta polarización a nivel de los activistas, el proceso en el resto del electorado es todavía más sutil[52]. Lo que sugieren los autores es que “la polarización entre los activistas presagia la diferenciación más silenciosa que se desarrollará entre los votantes de a pie”[53].

Lo que interpretan sobre el efecto de los activistas en las élites partidarias es que “ambos grupos ayudan recíproca y simultáneamente a crear y sostener la división en este asunto entre los partidos”, al punto tal que esta distinción “comenzó a funcionar como un ancla que evita que candidatos de ambos partidos se muevan a posiciones moderadas en este asunto”[54]. En conclusión, la diferenciación “no solo se produjo primero … entre los activistas, sino que fue también más pronunciada”. Estos activistas “estaban en una posición estratégica para proveer señales y contenidos claros y consistentes al gran público”.

El caso de Brasil presenta sus propios matices. Como señaló Chasquetti en su momento, a contramano a los pesimistas presagios de algunos autores respecto al futuro de aquella tercera ola de democratización en América Latina, que desconfiaban de la posibilidad de consolidar democracias en estas latitudes con sistemas políticos cada vez más fragmentados, “los presidencialismos multipartidistas gobernados por coaliciones mayoritarias” han probado ser “formatos político-institucionales eficaces para el mantenimiento de la estabilidad democrática” [55]. Esta es la forma en la que nuestros países vecinos antes, y hace unos años nosotros también nos estamos acostumbrando a funcionar: “los presidencialismos multipartidistas sin coaliciones de gobierno son los verdaderamente problemáticos”. Este proceso inexorable de fragmentación de la política latinoamericana ha quebrado el bipartidismo al que tradicionalmente estaban acostumbrados en períodos anteriores nuestros países.

Brasil ya tenía uno de los sistemas más fragmentados y en la última elección ha batido su propio récord de fragmentación del sistema de partidos[56]. Dentro de esa situación, “los presidentes anteriores se han ingeniado para construir gobernabilidad al punto de construir coaliciones multipartidarias”. La corrupción era, a menudo, “el mecanismo subyacente usado para alcanzar el apoyo legislativo necesario”[57]. Mientras algunos todavía siguen sorprendidos, afirmando de Bolsonaro que “su éxito es un hecho nuevo e impredicible”[58], hay muchísimos factores específicos del peculiar ambiente previo que llevó a Bolsonaro al poder cuya comprensión puede alumbrar y matizar la relevancia que pueda tener este caso para una estrategia provida en la Argentina.

Desde hace un tiempo se ha percibido en Brasil un “fenómeno llamado la ‘derecha avergonzada’ o ‘direita envergonhada’, en virtud de la cual los políticos de derecha evitaban hacer campaña sobre sus propias posiciones ideológicas”. Esto llevaba a los partidos de centro o centroderecha ha usar una “base personalista”[59] sin una plataforma explícita para competir electoralmente, que a la vez les permitía manejarse con relativa independencia de su electorado más alejado del centro a la hora de hacer acuerdos de coalición con los sectores de izquierda. Sería interesante aplicar el modelo de los activistas políticos para ver si no fueron ellos responsables del divorcio entre las políticas de los partidos de centro y su electorado.

En la victoria de Bolsonaro confluye, ciertamente, con otros factores, el enojo y desahogo de sectores que, con el sucesivo avance de algunos temas como aborto o ideología de género, requerían una posición más firme de sus candidatos. Por supuesto que es uno de muchos factores. Por mencionar algunos, podemos referinos al “antipetismo”, que “representa un patrón de identificación social, con una base sociodemográfica que parcialmente se superpone con la del núcleo de votantes del PT”[60], la “asociación con el economista formado en Chicago Paulo Guedes”, que le valió el apoyo de determinados sectores financieros e industriales[61], y el voto castigo al establishment de los grandes partidos salpicados por el Lava Jato y otras circunstancias de la corrupción política brasilera.

Se estima que Bolsonaro habría contado con el “voto del 69% de los votos evangélicos, el 51% de los católicos y el 45% de los no-religiosos”[62]. Mientras muchos esperaban que “abandonara sus posturas contra los partidos políticos cuando la realidad de las reglas del sistema político se hiciera evidente, para poder asegurar gobernabilidad”, algunas de sus acciones parecen contradecir “los principios del presidencialismo de coalición”[63].

De todos modos, con escaso y endeble apoyo legislativo, algo relativamente común en aquel contexto, “todavía no está claro hasta que punto va a poder implementar la agenda de sus votantes núcleo”, maxime teniendo en cuenta que una parte de sus electores votó por castigo al establishment, como ya mencionamos.[64] Como sabemos, el análisis de los diseños institucionales muestra que en casi todos los casos donde se formaron coaliciones han existido reglas de juego que obligan al presidente a negociar apoyos”[65].

Cuatro advertencias y cinco hallazgos

Primera advertencia: debemos denunciar y enfrentar la presión que se ejerce desde determinados lobbies para imponer el aborto, pero sin por ello, perder la dimensión de la responsabilidad de los dirigentes locales, que efectivamente pueden elegir no ceder. Países de segundo o tercer orden hoy promueven políticas en la dirección de la defensa de la vida sin por ello desaparecer del concierto de las naciones y, en efecto, nuestro país ha promovido la vida por nacer en momentos de extrema debilidad política y financiera. El triunfo del 8A no podría explicarse si le asignáramos un rol excesivo a la presión internacional sobre el destino de las naciones soberanas.

Segunda advertencia: así como es importante no perder de vista ni dejar de denunciar el origen eugénesico de los movimientos abortistas, es también importante comprender los cambios discursivos que han permitido llegar a tener el éxito que tiene en la actualidad, para enfrentarlo más eficazmente.

Tercera advertencia: necesitamos partir de descripciones científicas y realistas de los procesos políticos para pensar las estrategias a futuro. Probar que tal documento internacional dice tal cosa, que tal préstamo condiciona tal otra, no prueba los procesos políticos locales que, en efecto, evidencian trayectorias muy diversas con resultados distintos, también. Probar que un autor dijo tal cosa, y otro autor dijo tal otra, no prueba ni explica el desafío que nos plantean la grave confusión a nivel de las élites políticas y la grave apatía de buena parte de la población en lo que respecta al reconocimiento de la dignidad de la persona por nacer. Menos lo logran visiones reduccionistas y acientíficas que pretenden englobar toda una diversidad de ámbitos de reflexión académica y un amplio abanico de movimientos políticos, muchos incluso opuestos entre sí, dentro de un concepto vago y multiforme como aquello que llaman el “marxismo cultural”, perdiendo la riqueza que tiene entender y comprender analíticamente cada teoría, por un lado, y comprender y explicar cada proceso, para discernir sobre la base de la realidad las estrategias políticas, y no sobre la base de lecturas ideológicas tendientes a sustentar proyectos políticos determinados.

Cuarta advertencia: la aplicabilidad del caso norteamericano y del caso brasilero no pueden sustentar más que apuestas para el caso argentino. El bipartidismo más estable, por un lado, y el multipartidismo más fragmentado, por el otro son terrenos bien distintos del argentino. Nuestro caso ni siquiera se parece a la mayoría de los países de América Latina. No nos vamos a extender acá sobre las características peculiares del peronismo, constituido y percibido como un movimiento[66], cuyas relaciones de autoridad se hayan institucionalizadas en los términos que Levitsky y Roberts denominan de “patronazgo”[67], y que a través de esos vínculos de “patrón-cliente con las bases populares” puede darle “continuidad e la base del apoyo partidario más allá de los cambios de liderazgo y la orientación pragmática”[68]. Pero, así como el peronismo ha sabido “liderar” el giro al llamado Consenso de Washington en la década del 90, el giro a la izquierda en la década de los Kirchner, la defensa de la vida en aquella década del ’90, y ahora, quizás más tardíamente pero con un apoyo muy explícito, intenta ponerse al frente del movimiento por el aborto legal, pareciera que cualquier estrategia que piense en las perspectivas de apoyo partidista a la defensa de la vida debería reconocer, apoyarse y potenciar también el aporte también de buena parte del peronismo, especialmente en el interior del país, y en agrupaciones como “Peronistas por la vida”, y muchas organizaciones de base. 

Primer hallazgo: parafraseando algo que dije más arriba, probar que tal organización está en tal organismo, debería recordarnos que nosotros no estamos ahí. Hace poco, presentando un libro que todos deberíamos leer (Zambrano, Pilar y William Saunders (eds.), Unborn Human Life and Fundamental Rights: Leading Constitutional Cases under Scrutiny, Peter Lang GmbH), Ligia de Jesús remarcaba que “la creación de derechos al aborto en estos países ha evitado el verdadero escrutinio popular y una aplicación de las reglas jurisprudenciales de interpretación constitucional”. Muchas de las pretendidas obligaciones que se pretenden invocar para presionar por la legalización del aborto en Argentina, amén de no constituir obligaciones, son fruto del trabajo de organizaciones que se presentan, por ej., con informes sombras en las comisiones de DDHH, y donde, salvo honrosas excepciones, la voz de quien defendemos la vida del por nacer no se hace presente, pudiendo hacerlo, por falta de recursos, profesionalización y un abordaje estratégico[69]. La profesionalización de los movimientos sociales no solamente permite accede a financiación[70], sino que también “tiene implicancias para el trabajo de coalición al interior de los movimientos”[71].

Segundo hallazgo: los electores provida americanos, hasta tanto se partidizó el debate, apoyaron a los candidatos que tenían una postura contraria al aborto en ambos partidos, algo no tan distinto de lo que sucedió acá en los primeros años. En la medida en que no existan partidos mayoritariamente providas con vocación de representación parlamentaria (recordemos que las llamadas listas celestes que compitieron a nivel nacional no incluían listas legislativas), no parece prudente dejar de apoyar a los activistas (léase, políticos, armadores, financistas, militantes, fiscales, etc.) que se desempeñan en los partidos existentes. Éstos deberían asumir un rol de verdadera representación y vocación de transformación de esos partidos que impacte al nivel de las élites partidarias.

Tercer hallazgo: la llegada de Trump al poder no debe leerse en términos típicos del populismo sudamericano, en virtud del cual el patrón del partido enseña el rumbo a la población. Lo que demuestran los hechos de las últimas elecciones es que la partidización del debate del aborto hizo que difícilmente un candidato que no sea firmemente provida pueda ganar una primaria Republicana, y viceversa en el caso de los Demócratas. En efecto, en las anteriores dos primarias, los ganadores de la mismas, Mitt Romney y Donald Trump, ambos sin trayectoria provida e incluso con algunas manifestaciones en la dirección opuesta, tuvieron que hacer explícita y firme una postura contraria al aborto para imponerse a candidatos firmemente providas (Rick Santorum y Newt Gingrich, en el primer caso, Ted Cruz y Marc Rubio en el segundo).

Cuarto hallazgo: los activistas partidarios pueden estar alejando a algunos partidos de la postura provida, habilitando solamente a los llamados moderados a competir por los cargos electorales. Esto, lentamente podría llevar al electorado a adoptar otros rumbos en el futuro si esta situación no se corrige. Los activistas partidarios ligados al movimiento provida, que forman parte de los partidos políticos, deberían ocuparse de representar firmemente la demanda de los electores que los apoyan, y no habilitar que se los utilice como medidadores para acallar o suavizar el impacto de las medidas que violentan contrarias al derecho a la vida. Los activistas no sólo han logrado que las “actitudes respecto al aborto” se relacionen “con la identidad partidaria”, sino que han logrado que esa identidad termine debilitando la pertenencia partidaria[72]. Este proceso puede darse en una dirección, o en la otra.

Quinto hallazgo: el caso de Brasil, con todos sus matices, confirma una advertencia que ya encontrábamos también en Estados Unidos, para los partidos principales de la Argentina: el partido, vía sus élites partidarias o sus activistas de campaña, por acción u omisión, puede empujar a un cambio en la identidad partidaria que termine de configurar la partidización del debate en perjuicio de algunos partidos cuya base principal, hoy, tiene una posición firme a favor de la vida por nacer. No obstante, hay que ser cautos antes de asumir como un éxito un gobierno si la debilidad del componente propio del presidente en el marco de la coalición no le permite imponer sus posiciones.

Un análisis más profundo es necesario para sopesar los reales avances en la defensa de la vida que puedan atribuirse tanto a la administración Trump como a Bolsonaro. En países donde la fragmentación condujo a la consolidación de dos coaliciones, una de izquierda y otra de derecha, con una alternancia muy dinámica, la partidización de la defensa de la vida no logra avanzar tanto cuando sus apoyos están en el poder, y se expone a graves amenazas cuando la otra coalición ocupa ese lugar. Está por verse si en Argentina somos capaces de dar una respuesta genuniamente nacional, que incluya y potencie a los sectores provida en los diferentes partidos, sin querer desechar esto cualquier loable propuesta partidaria provida que pudiera enriquecer ese escenario.

Artículo de Alejandro E. Williams Becker


[1] Parsons, Wayne, Políticas Públicas. Una introducción a la teoría y la práctica del análisis de políticas públicas, México: FLACSCO; 2007, p. 261.

[2] Coleman W D, The Project on Trends: An Introduction, Canadian Public Policy / Analyse de Politiques. 2000; Vol. 26, Supplement: The Trends Project (S1-S14), p. S1.

[3] Ziegler M., ‘The Framing of a Right to Choose: Roe v. Wade and the Changing Debate on Abortion Law’, Law and History Review. 2009; 27 (2) (281-330), p. 283.

[4] Westen, JH, The UN, the IMF, the World Bank, and abortion, The Interim. January 6, 1999.
Disponible en: http://www.theinterim.com /issues/abortion/the-un-the-imf-the- world-bankand-abortion/ (Consultado el 9/8/2020).

[5] Ziegler M., op. cit., p. 300.

[6] Galeano Eduardo, Las venas abiertas de América Latina, Buenos Aires: Siglo XXI; 2004.

[7] Ziegler, M., op. cit., 281.

[8] Ídem, 284.

[9] Ídem, 285.

[10] Ídem, 301.

[11] Ídem, 293-294.

[12] Ídem, 309.

[13] Ídem, 310.

[14] Ídem, 326.

[15] Marx Ferree M., Resonance and Radicalism: Feminist Framing in the Abortion Debates of the United States and Germany, American Journal of Sociology. 2003;109 (2): 304-344.

[16] Ídem, 315.

[17] Ídem, 335.

[18] Entrevista a Serrin Foster citada en Marx Ferree, op. cit, 335.

[19] Shields JA, Serna S, The Demise of Feminist Communitarianism, Perspectives on Political Science. 2011; 40: 9–152011, p. 9.

[20] Marx Ferree, op. cit, p. 323.

[21] Solinger 2001; Roberts 1997 citados en idem, 336.

[22] Goodwin, Garrett S., Advocacy Coalition Framework Lens on Pressing Healthcare Issues, Student Publications, 2020, 771, p. 1, https://cupola.gettysburg.edu/student_scholarship/771 (Consultado el 9/8/2020).

[23] Goodwin, Garrett S., Advocacy Coalition Framework Lens on Pressing Healthcare Issues, Student Publications, 2020, 771, p. 1, https://cupola.gettysburg.edu/student_scholarship/771 (Consultado el 9/8/2020).

[24] Staggenborg, Suzanne, The Consequences of Professionalization and Formalization in the Pro-Choice Movement, American Sociological Review, Vol. 53, No. 4, Aug., 1988 (pp. 585-605): 595.

[25] Staggenborg, Suzanne, The Consequences of Professionalization and Formalization in the Pro-Choice Movement, American Sociological Review, Vol. 53, No. 4, Aug., 1988 (pp. 585-605): 596.

[26] Staggenborg, Suzanne, The Consequences of Professionalization and Formalization in the Pro-Choice Movement, American Sociological Review, Vol. 53, No. 4, Aug., 1988 (pp. 585-605): 598.

[27] Staggenborg, Suzanne, The Consequences of Professionalization and Formalization in the Pro-Choice Movement, American Sociological Review, Vol. 53, No. 4, Aug., 1988 (pp. 585-605): 598.

[28] Ver discurso del Diputado Romero en la sesión del 16/7/2020 de la Legislatura porteña.

[29] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 732.

[30] “Incluso hasta 1979, por ejemplo, los Republicanos en el Senado estaban divididos respecto al aborto casi en la misma proporción que los Demócratas. Si miramos ambas cámaras, el aborto no era un asunto particularmente partidario. Desde 1979 en adelante, sin embargo, los dos grupos comenzaron a divergir. Los Republicanos del Senado se volvieron se volvieron cada vez más pro-vida, mientras que los Demócratas de la cámara baja se volvieron más pro-aborto”. Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 723.

[31] Carmines, Edward G. y James Woods, The Role of Party Activists in the Evolution of the Abortion Issue,
Source: Political Behavior, Vol. 24, No. 4, Special Issue: Parties and Partisanship, Part Three, Dec., 2002 (pp. 361-377): 366.

[32] “Más del 80% de los demócratas estaban votando a favor del aborto, mientras que el mismo porcentaje de Republicanos votaban a favor de la vida… Al menos en el Congreso, el aborto ha evolucionado hacia un asunto partidario, con cada partido dominando a un lado del debate”.

Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 724

[33] Los Demócratas se han vuelto más pro-aborto, y los Republicanos, particularmente en el senado, más provida

Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 724

[34] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 731

[35] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 732

[36] Margolis, Michael y Kevin Neary, Pressure politics revisited: The anti-abortion campaign, University of Pittsburgh.

[37] “Más aún, casi uno de cada cuatro de los votantes de los partidos principales era consciente de la posición de los candidatos respecto al aborto y mencionó el aborto al menos una vez en sus respuestas a las preguntas abiertas referidas a problemas de la nación, diferencia entre los partidos y puntos a favor o en contra de los partidos y candidatos” Abramowitz, Alan I., It’s Abortion, Stupid: Policy Voting in the 1992 Presidential Election, The Journal of Politics, Vol. 57, No. 1, Feb., 1995, (pp. 176-186): p. 185.

[38] Abramowitz, Alan I., It’s Abortion, Stupid: Policy Voting in the 1992 Presidential Election, The Journal of Politics, Vol. 57, No. 1, Feb., 1995, (pp. 176-186): p. 176.

[39] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 724.

[40] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 726.

[41] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 733.

[42] “En este caso, la contradicción se resuelve eventualmente a través de cambios en la identificación partidaria entre el electorado Adams”, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 731.

[43] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 734.

[44] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 735.

[45] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 735.

[46] Carmines, Edward G. y James Woods, The Role of Party Activists in the Evolution of the Abortion Issue,
Source: Political Behavior, Vol. 24, No. 4, Special Issue: Parties and Partisanship, Part Three, Dec., 2002 (pp. 361-377): 363-4.

[47] Carmines, Edward G. y James Woods, The Role of Party Activists in the Evolution of the Abortion Issue,
Source: Political Behavior, Vol. 24, No. 4, Special Issue: Parties and Partisanship, Part Three, Dec., 2002 (pp. 361-377): 363.

[48] Adams, Greg D., Abortion: Evidence of an Issue Evolution, American Journal of Political Science, Vol. 41, No. 3, Jul., 1997 (pp. 718-737): 735.

[49] Abramowitz, Alan I., It’s Abortion, Stupid: Policy Voting in the 1992 Presidential Election, The Journal of Politics, Vol. 57, No. 1, Feb., 1995, (pp. 176-186): p. 185.

[50] Marx Ferree, M., op. cit., 324.

[51] Carmines, Edward G. y James Woods, The Role of Party Activists in the Evolution of the Abortion Issue,
Source: Political Behavior, Vol. 24, No. 4, Special Issue: Parties and Partisanship, Part Three, Dec., 2002 (pp. 361-377): 367.

[52] Carmines, Edward G. y James Woods, The Role of Party Activists in the Evolution of the Abortion Issue,
Source: Political Behavior, Vol. 24, No. 4, Special Issue: Parties and Partisanship, Part Three, Dec., 2002 (pp. 361-377): 368.

[53] Carmines, Edward G. y James Woods, The Role of Party Activists in the Evolution of the Abortion Issue,
Source: Political Behavior, Vol. 24, No. 4, Special Issue: Parties and Partisanship, Part Three, Dec., 2002 (pp. 361-377): 370.

[54] Carmines, Edward G. y James Woods, The Role of Party Activists in the Evolution of the Abortion Issue,
Source: Political Behavior, Vol. 24, No. 4, Special Issue: Parties and Partisanship, Part Three, Dec., 2002 (pp. 361-377): 371.

[55] Chasquetti, Daniel, Democracia, multipartidismo y coaliciones en América Latina, CLACSO, Buenos Aires, p. 321

[56] Hunter, Wendy y Timothy J. Power, Bolsonaro and Brazil’s Illiberal Backlash, Journal of Democracy, Volume 30, Number 1, January 2019 (pp. 68-82), p. 79

[57] Doctor, Marukh, Bolsonaro and the Prospects for Reform in Brazil, Political Insight, June 2019, p. 23

[58] George, Abigail, Hell, or Salvation? Understanding the Rise of Brazil’s Jair Bolsonaro, Hemispheres: Global Visions, Local Interests, vol. 42, 2019, p.102

[59] Duque, Debora y Amy Erica Smith, The establishment Upside down: a Year of Change in Brazil, Revista De Ciencia Política, Volumen 39, N° 2, 2019 (pp. 165-189), p. 179

[60] Duque, Debora y Amy Erica Smith, The establishment Upside down: a Year of Change in Brazil, Revista De Ciencia Política, Volumen 39, N° 2, 2019 (pp. 165-189), p. 174

[61] Duque, Debora y Amy Erica Smith, The establishment Upside down: a Year of Change in Brazil, Revista De Ciencia Política, Volumen 39, N° 2, 2019 (pp. 165-189), p. 180

[62] Duque, Debora y Amy Erica Smith, The establishment Upside down: a Year of Change in Brazil, Revista De Ciencia Política, Volumen 39, N° 2, 2019 (pp. 165-189), p. 180

[63] Duque, Debora y Amy Erica Smith, The establishment Upside down: a Year of Change in Brazil, Revista De Ciencia Política, Volumen 39, N° 2, 2019 (pp. 165-189), p. 182

[64] Duque, Debora y Amy Erica Smith, The establishment Upside down: a Year of Change in Brazil, Revista De Ciencia Política, Volumen 39, N° 2, 2019 (pp. 165-189), p. 186

[65] Chasquetti, Daniel, Democracia, multipartidismo y coaliciones en América Latina, CLACSO, Buenos Aires, p. 347

[66] Cfr. Peruzzotti, Enrique, Constitucionalismo, populismo y sociedad civil. Lecciones del caso argentino, Revista Mexicana de Sociología, Vol. 61, No. 4. (Oct. – Dec., 1999), pp. 149-172.

[67] Levitsky, Steven y Kenneth M. Roberts, Latin America’s “Left Turn”: A Framework for Analysis, JHU Press, Baltimore, 2011, p. 22

[68] Levitsky, Steven y Kenneth M. Roberts, Latin America’s “Left Turn”: A Framework for Analysis, JHU Press, Baltimore, 2011, p. 22

[69] Castaldi, Ligia De Jesus, Democratic Lawmaking and the Creation of International Abortion Rights, The Public Discourse, July 10, 2020, https://www.thepublicdiscourse.com/2020/07/65499/ (Consultado el 9/8/2020).

[70] Staggenborg, Suzanne, The Consequences of Professionalization and Formalization in the Pro-Choice Movement, American Sociological Review, Vol. 53, No. 4, Aug., 1988 (pp. 585-605): 597

[71] Staggenborg, Suzanne, The Consequences of Professionalization and Formalization in the Pro-Choice Movement, American Sociological Review, Vol. 53, No. 4, Aug., 1988 (pp. 585-605): 603

[72] Carmines, Edward G. y James Woods, The Role of Party Activists in the Evolution of the Abortion Issue,
Source: Political Behavior, Vol. 24, No. 4, Special Issue: Parties and Partisanship, Part Three, Dec., 2002 (pp. 361-377): 367.