Medioambiente: un repaso de los antecedentes de la encíclica Laudato Si’

En el marco del día de la Tierra el 22 de abril de 2022 se lanzó a nivel mundial la “Semana Laudato Si’ ” que se realizará del 22 al 29 de mayo de 2022.

En tal sentido, ya está vigente la plataforma https://plataformadeaccionlaudatosi.org/ desde el año pasado, en donde personas, comunidades, parroquias, colegios, instituciones, empresas, pueden sumarse a distintas acciones concretas tomando los criterios de la encíclica hacia un cambio de actitud.

Este año el sitio https://laudatosimovement.org/es que está promocionado por el Movimiento Católico Mundial por el Clima, lanzará la semana del 22 al 29 de mayo la semana Laudato Si’ en todo el mundo y retransmitida por medios digitales. El Movimiento Católico Mundial por el Clima (MCMC), surgió en el 2015, es el fruto de un kairós – la palabra griega utilizada en el Evangelio para expresar «un momento oportuno». El kairós de 2015 fue la combinación de dos acontecimientos transformadores que cambiarían la respuesta de la Iglesia y la humanidad a la crisis ecológica: la publicación de la encíclica Laudato Si’ y el Acuerdo de París sobre el clima, ese mismo año.

Repasando los antecedentes que el mismo Papa Francisco trae en la primera parte de la encíclica Laudato Si’, podríamos empezar por quien él menciona como inspirador de su nombre pontificio y de esta encíclica: San Francisco de Asís….

Mirada moral de la ecología, San Francisco de Asís

Relata la biografía de Celano en el capítulo 29 de la primera vida, citada por el Papa, sobre las características morales y físicas del santo de Asís, invitando al lector a disponer su corazón a imitación del santo medieval, no sólo para abordar el tema ambiental, sin por qué no la vida cotidiana. Dice Celano: “¿Quién podrá expresar aquel extraordinario afecto que le arrastraba en todo lo que es de Dios? ¿Quién será capaz de narrar de cuánta dulzura gozaba al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador, su poder y su bondad? En verdad, esta consideración le llenaba muchísimas veces de admirable e inefable gozo viendo el sol, mirando la luna y contemplando las estrellas y el firmamento. ¡Oh piedad simple! ¡Oh simplicísima piedad!”

La actitud de contemplación simple del hermano Francisco nos invita a imitarlo en nuestro cotidiano, que dista muchas veces de nuestras realidades contemporáneas.

Pienso que a esto también nos está invitando el Papa. A la belleza de la simplicidad y la contemplación de la Creación.

En otra parte Celano nos dice: “¡Oh cuán encantador, qué espléndido y glorioso se manifestaba en la inocencia de su vida, en la sencillez de sus palabras, en la pureza del corazón, en el amor de Dios, en la caridad fraterna, en la ardorosa obediencia, en la condescendencia complaciente, en el semblante angelical! En sus costumbres, fino; plácido por naturaleza; afable en la conversación; certero en la exhortación; fidelísimo a su palabra; prudente en el consejo; eficaz en la acción; lleno de gracia en todo. Sereno de mente, dulce de ánimo, sobrio de espíritu, absorto en la contemplación, constante en la oración y en todo lleno de fervor. Tenaz en el propósito, firme en la virtud, perseverante en la gracia, el mismo en todo. Pronto al perdón, tardo a la ira, agudo de ingenio, de memoria fácil, sutil en el razonamiento, prudente en la elección, sencillo en todo. Riguroso consigo, indulgente con los otros, discreto con todos.”

Esta caracterización o descripción del corazón de San Francisco, nos ayuda también a sugerencia del Papa Francisco, repensar nuestros vínculos, con la Creación, con los hermanos, con la cultura.

La ecología en la Doctrina Social de la Iglesia

Pablo VI

En cuanto a lo doctrinario, el Papa Francisco cita a casi todos los Papas pos conciliares. No obstante, enfatiza que a partir de Pablo VI, en su carta apostólica Octogesima Adveniens, y en consonancia con la Rerum Novarum del pp. León XIII, el magisterio social de la Iglesia empieza a advertir y llamar la atención sobre los modos de cuidado de la Casa Común.

Dice Pablo VI en el año 1971: “Mientras el horizonte de hombres y mujeres se va así modificando, partiendo de las imágenes que para ellos se seleccionan, se hace sentir otra transformación, consecuencia tan dramática como inesperada de la actividad humana. Bruscamente, la persona adquiere conciencia de ella; debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación. No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que la persona no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera.

Hacia otros aspectos nuevos es hacia donde tiene que volverse el hombre o la mujer cristiana para hacerse responsable, en unión con las demás personas, de un destino en realidad ya común.” (OA, 21)

Es decir que, si bien es sólo un párrafo de una carta apostólica, ya el Papa Pablo VI en 1971 está advirtiendo cierto drama en el cuidado de la casa común; se puede advertir también que ya hace 50 años se vislumbraba desde el magisterio una mirada global del planeta y de la comunidad humana. Consecuencias claras del Concilio Vaticano II.

El mismo Papa Pablo VI, en un discurso a la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), en 1970, decía: “La mejora de la fertilidad de los suelos, la regulación racional de los riegos, la parcelación del terreno, la valorización de las tierras pantanosas, el esfuerzo de selección vegetal, la introducción de variedad de cereales de alto rendimiento parece casi dar cumplimiento a la previsión del profeta de los tiempos agrícolas: «el desierto volverá a florecer»

Pero la puesta en marcha de estas posibilidades técnicas a un ritmo acelerado no se realiza sin repercutir peligrosamente en el equilibrio de nuestro medio natural, y el deterioro progresivo de lo que se ha convenido en llamar ambiente natural amenaza conducir a una verdadera catástrofe ecológica bajo el efecto de la explosión de la civilización industrial. Nos estamos viendo ya viciarse el aire que respiramos, degradarse el agua que bebemos, contaminarse los ríos, los lagos, y también los océanos hasta hacer temer una verdadera “muerte biológica” en un futuro próximo, si no se toman pronto enérgicas medidas, valientemente adoptadas y severamente ejecutadas. Tremenda perspectiva que os toca a vosotros examinar con diligencia para evitar la aniquilación de los frutos de millones de años de selección natural y humana. En resumen, todo está relacionado, y os obliga a estar atentos a las consecuencias que a gran escala entraña toda intervención del hombre en el equilibrio de la naturaleza puesta en su armoniosa riqueza a disposición del hombre según el deseo amoroso del Creador” (16/11/1970, 25 aniversario de la FAO)

Está claro que el Papa Pablo VI ya empezaba en la década del ´70 a advertir que a partir de un mundo reconocido como globalizado, el crecimiento demográfico y la sobreexplotación de recursos debía ser un tema de análisis, reflexión y acción para evitar futuras catástrofes ecológicas.

San Juan Pablo II

El Papa Francisco cita también a San Juan Pablo II. Ya con una mirada más aguda sobre la problemática, el santo empieza desmenuzar los orígenes del problema. Que en definitiva siguen siendo los mismos que advertía Pablo VI y hasta el mismo Seráfico San Francisco de Asís…

En Redemptor Hominis, una carta encíclica de 1979, que realiza un análisis exhaustivo del hombre de final de milenio. San Juan Pablo II incorpora el tema ambiental de manera explícita y preocupante: “El inmenso progreso, jamás conocido, que se ha verificado particularmente durante este nuestro siglo, en el campo de dominación del mundo por parte del hombre, ¿no revela quizá el mismo, y por lo demás en un grado jamás antes alcanzado, esa multiforme sumisión «a la vanidad»? Baste recordar aquí algunos fenómenos como la amenaza de contaminación del ambiente natural en los lugares de rápida industrialización, o también los conflictos armados que explotan y se repiten continuamente, o las perspectivas de autodestrucción a través del uso de las armas atómicas: al hidrógeno, al neutrón y similares, la falta de respeto a la vida de los no-nacidos. El mundo de la nueva época, el mundo de los vuelos cósmicos, el mundo de las conquistas científicas y técnicas, jamás logradas anteriormente, ¿no es al mismo tiempo que «gime y sufre» y «está esperando la manifestación de los hijos de Dios»” (RH 8)

Si bien esta carta encíclica enfoca todos los aspectos de la convivencia humana de finales del siglo XX, el Papa sigue mirando el ambiente como un todo. En donde el hombre no sólo es un actor que actúa sobre él, sino que sufre las consecuencias de sus actos y actitudes frente a la Creación y frente a su propia existencia. Al advertir las consecuencias del pasado, previene la necesidad de acciones hoy hacia el futuro. Este punto de la temporalidad y urgencia de las acciones las manifiesta con mayor claridad aquí: “Parece que somos cada vez más conscientes del hecho de que la explotación de la tierra, del planeta sobre el cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotación para fines no solamente industriales, sino también militares, el desarrollo de la técnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio universal y auténticamente humanístico, llevan muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. El hombre parece, a veces, no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo. En cambio, era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como «dueño» y «custodio» inteligente y noble, y no como «explotador» y «destructor» sin ningún reparo.” (RH 15)

Estas palabras son las que retoma el Papa Francisco también en Laudato Si. El llamado busca que cada uno de nosotros, pueda reflexionar, en este caso de manera global, y también particular, sobre nuestro rol frente al ambiente.

Ya en 1991, el mismo San Juan Pablo II, en la carta Encíclica Centesimus Annus, esta vez a 100 años de la Rerum Novarum del Papa León XIII; empieza a mencionar el término ecología. Pero como en toda su doctrina con un tinte humanista. Así menciona el término “ecología humana”. Casi enfatizando o contrarrestando una mirada unilateral sobre el ambiente y la ecología en donde parecía que, ante la no solución de la crisis ambiental, distintos movimientos ecologistas que habían tomado fuerza empiezan a justificar la según ellos lógica extinción del género humano. San Juan Pablo II, no obstante, sin dejar de reconocer la responsabilidad que le corresponde al hombre en sus acciones fundamentalmente durante el siglo XIX y XX sobre el ambiente natural, nos dice en esta carta encíclica: “Es asimismo preocupante, junto con el problema del consumismo y estrictamente vinculado con él, la cuestión ecológica. El hombre, impulsado por el deseo de tener y gozar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida. En la raíz de la insensata destrucción del ambiente natural hay un error antropológico, por desgracia muy difundido en nuestro tiempo. El hombre, que descubre su capacidad de transformar y, en cierto sentido, de «crear» el mundo con el propio trabajo, olvida que éste se desarrolla siempre sobre la base de la primera y originaria donación de las cosas por parte de Dios. Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar. En vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él.

Esto demuestra, sobre todo, mezquindad o estrechez de miras del hombre, animado por el deseo de poseer las cosas en vez de relacionarlas con la verdad, y falto de aquella actitud desinteresada, gratuita, estética que nace del asombro por el ser y por la belleza que permite leer en las cosas visibles el mensaje de Dios invisible que las ha creado. A este respecto, la humanidad de hoy debe ser consciente de sus deberes y de su cometido para con las generaciones futuras.

… y advierte: “Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los «habitat» naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica «ecología humana». No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. Hay que mencionar en este contexto los graves problemas de la moderna urbanización, la necesidad de un urbanismo preocupado por la vida de las personas, así como la debida atención a una «ecología social» del trabajo.

El hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien. Sin embargo, está condicionado por la estructura social en que vive, por la educación recibida y por el ambiente. Estos elementos pueden facilitar u obstaculizar su vivir según la verdad. Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas. Demoler tales estructuras y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia es un cometido que exige valentía y paciencia(CA 37-38)

Y menciona en especial que la primera estructura fundamental de la “ecología humana” es la familia, donde recibimos las primeras nociones de la verdad y el bien.

También en Sollicitudo rei socialis en el año 1987 S. Juan Pablo II, aborda la cuestión del desarrollo humano sin deslindarse de la mirada sobre los modos de abordaje del ambiente: “El carácter moral del desarrollo no puede prescindir tampoco del respeto por los seres que constituyen la naturaleza visible y que los griegos, aludiendo precisamente al orden que lo distingue, llamaban el «cosmos». Estas realidades exigen también respeto, en virtud de una triple consideración que merece atenta reflexión.”

La primera consiste en la conveniencia de tomar mayor conciencia de que no se pueden utilizar impunemente las diversas categorías de seres, vivos o inanimados —animales, plantas, elementos naturales— como mejor apetezca, según las propias exigencias económicas. Al contrario, conviene tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado, que es precisamente el cosmos.

La segunda consideración se funda, en cambio, en la convicción, cada vez mayor también de la limitación de los recursos naturales, algunos de los cuales no son, como suele decirse, renovables. Usarlos como si fueran inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura disponibilidad, no sólo para la generación presente, sino sobre todo para las futuras.

La tercera consideración se refiere directamente a las consecuencias de un cierto tipo de desarrollo sobre la calidad de la vida en las zonas industrializadas. Todos sabemos que el resultado directo o indirecto de la industrialización es, cada vez más, la contaminación del ambiente, con graves consecuencias para la salud de la población.

Una vez más, es evidente que el desarrollo, así como la voluntad de planificación que lo dirige, el uso de los recursos y el modo de utilizarlos no están exentos de respetar las exigencias morales. Una de éstas impone sin duda límites al uso de la naturaleza visible. El dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de «usar y abusar», o de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de «comer del fruto del árbol » (cf. Gén 2, 16 s.), muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a leyes no sólo biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune. Una justa concepción del desarrollo no puede prescindir de estas consideraciones —relativas al uso de los elementos de la naturaleza, a la renovabilidad de los recursos y a las consecuencias de una industrialización desordenada—, las cuales ponen ante nuestra conciencia la dimensión moral, que debe distinguir el desarrollo” (SRS 34)

Benedicto XVI

En su estilo, el Papa Benedicto, tampoco fue ajeno a la preocupación ambiental, siempre continuando en una mirada integral de la humanidad en la problemática. La asociación directa que tiene el desarrollo humano, el crecimiento industrial, la economía de consumo y el cuidado del ambiente, claramente no pueden verse por separado. Como decía Pablo VI, todo está conectado.

El Papa Benedicto XVI tiene la siguiente consideración citada en Laudato Sí, en un discurso a los agregados diplomáticos en Vaticano en el año 2007: “Entre las cuestiones esenciales, ¿cómo no pensar en los millones de personas, especialmente mujeres y niños, que carecen de agua, comida y vivienda? El escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo. Esto nos impulsa a cambiar nuestros modos de vida y nos recuerda la urgencia de eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial, y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente y un desarrollo humano integral para hoy y sobre todo para el futuro. Invito de nuevo a los Responsables de las Naciones más ricas a tomar las iniciativas necesarias para que los países pobres, que a menudo poseen muchas riquezas naturales, puedan beneficiarse de los frutos de sus propios bienes. …” (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI al cuerpo diplomático acreditado ante La Santa Sede 8/1/2007) y no deja de advertir luego sobre la reconsideración por partes de los países ricos sobre las deudas de los países emergentes o más pobres.

Con mayor énfasis y claridad espiritual, el Papa Benedicto XVI incorpora algunos conceptos al respecto de la relación del hombre con el ambiente en su carta Encíclica Caritas in Veritate en el año 2009. Allí nos dice: “El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones». Cualquier menoscabo de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales, así como la degradación ambiental, a su vez, provoca insatisfacción en las relaciones sociales. La naturaleza, especialmente en nuestra época, está tan integrada en la dinámica social y cultural que prácticamente ya no constituye una variable independiente. La desertización y el empobrecimiento productivo de algunas áreas agrícolas son también fruto del empobrecimiento de sus habitantes y de su atraso. Cuando se promueve el desarrollo económico y cultural de estas poblaciones, se tutela también la naturaleza. Además, muchos recursos naturales quedan devastados con las guerras. La paz de los pueblos y entre los pueblos permitiría también una mayor salvaguardia de la naturaleza. El acaparamiento de los recursos, especialmente del agua, puede provocar graves conflictos entre las poblaciones afectadas. Un acuerdo pacífico sobre el uso de los recursos puede salvaguardar la naturaleza y, al mismo tiempo, el bienestar de las sociedades interesadas.

La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la «ecología humana» en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. Así como las virtudes humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena relación con la naturaleza.

Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.” (CV 51)

Los puntos más interesantes de este fragmento de Caritas in Veritate, Benedicto XVI, va al punto del inicio del presente informe. No está en el exterior del ser humano la solución. Está en nuestro interior, y nuestra manera de relacionarnos con el mismo.

En sucesivos discursos y cartas, el Papa Benedicto XVI, sigue haciendo énfasis a que debemos reencontrarnos con nuestra antropología de creatura creada. El mismo Francisco menciona en Laudato Sí un fragmento que dirige al Congreso Alemán diciendo: “quisiera afrontar seriamente un punto que —me parece— se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.” (Bendedicto XVI, Discuros al Bundestag alemán, 22/9/2011)

Finalmente, cerrando las presentes consideraciones a partir de las citas de antecedentes que hace el Papa Francisco en Laudato Si, en su introducción, completo con lo que el Papa Benedicto XVI menciona en un discurso al clero de la diócesis de Bolzano en el 2008: “cita el capítulo 8 de la carta a los Romanos, donde se dice que la creación sufre y gime por la sumisión en que se encuentra y que espera la revelación de los hijos de Dios: se sentirá liberada cuando vengan criaturas, hombres que son hijos de Dios y que la tratarán desde Dios. Yo creo que es precisamente esto lo que nosotros podemos constatar como realidad: la creación gime —lo percibimos, casi lo sentimos— y espera personas humanas que la miren desde Dios.

El consumo brutal de la creación comienza donde no está Dios, donde la materia es sólo material para nosotros, donde nosotros mismos somos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad nuestra y el consumo es sólo para nosotros mismos. El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos; comienza donde no existe ya ninguna dimensión de la vida más allá de la muerte, donde en esta vida debemos acapararlo todo y poseer la vida de la forma más intensa posible, donde debemos poseer todo lo que es posible poseer.” (Encuentro del Santo Padre Benedicto XVI con el clero de la diócesis de Bolzano-Bressanone, 6/8/2008)

Como San Francisco, que contemplaba con pureza de corazón la Creación, animaba lo inanimado, y ponía sus ojos con la mirada de Dios sobre la misma. Hoy es en definitiva para los cristianos, reconocernos; contemplar; acercarnos a colaborar; entender el concepto profundo que relaciona la solidaridad, la reutilización y el desarrollo; ponderar una economía que no impacte de manera destructiva en el ambiente, y tampoco en los más pobres y desposeídos.

Han pasado 50 años de doctrina, enfatizadas con la Carta Encíclica Laudato Sí, del Papa Francisco; que nos pone en definitiva al impostergable requisito moral de no demorar más nuestras acciones en pos de la Casa Común y del Bien Común.

Informe de Rodrigo FJ Bustos Lourido, arquitecto